jueves, 12 de septiembre de 2013

CAPITULO 27

Apenada y herida como nunca había estado, mi mente no sabe cómo reaccionar. Quiero gritar, chillar, desahogarme. Siento unos deseos irreversibles de romper algo contra el suelo, de liberar adrenalina y desenredar el nudo que siento en el estómago. Me siento enfadada con Héctor por no querer salir de mi vida, pero sobre todo estoy enfadada con Lucía por haberme traicionado de ese modo.

Ella me miraba desde el sofá, temerosa y arrepentida, todavía buscando en sus labios temblorosos las palabras adecuadas. Daba igual lo que dijese, no lo quería escuchar. Sólo quería salir de allí. De repente esa sala se estaba volviendo agobiante y notaba como si las paredes cada vez se estuviesen acercando más. Creí por un momento que sentía tal lío en mi interior que me acabaría desmayando.
Ajeno a todo lo que estaba pasando, Dani seguía detrás de mí, con una mano sobre mi hombro. Le notaba tenso, pero saber que me apoyaba aún sin saber qué pasaba realmente era lo único que me hacía sentir bien de aquella situación. Su mano transmití seguridad y calidez, y me hizo recobrar la serenidad por unos instantes.

En la habitación nadie hablaba. Todos nos dedicábamos a mirarnos, buscando respuestas a preguntas sin formular. Fui yo quien rompió ese silencio sepulcral, aún con la voz ahogada por las lágrimas:
-No me lo creo –movía la cabeza negativamente, intentando sacar lo sucedido de mi cabeza, despertarme de la pesadilla-, no me lo creo. Es que no me lo creo.

-Rachel… yo… -Lucía por fin parecía haber recordado cómo hacer funcionar sus cuerdas vocales, pero no le di opción a decir nada más.
Salí disparada hacia mi habitación, seguida de Dani, que aún no sabía qué estaba pasando y miraba todo como si formase parte de una película. Me miraba a mí buscando una explicación, le prometí con la mirada que pronto entendería todo. Mientras él no soltaba mi mano.

“Rachel”… hacía tanto que no me llamaba así. Ese había sido mi mote cuando tenía quince años, pero ahora todos me volvían a llamar Raquel. Preferiría haberlo vuelto a oír en otras circunstancias. Cualquier momento mejor que aquel.
Al llegar a mi habitación cerré dando un portazo. Fue automático, ahora sólo sentía rabia. Dani me miró desconcertado. Se había sentado en la cama y con la mano palmeaba un hueco al lado suyo, invitándome a sentarme. Creí estar lo bastante serenada como para contarle todo, lo que no sabía era cómo reaccionaría. Me senté a su lado, todavía con la cabeza gacha. Él me elevó la barbilla con la mano, haciendo que le mirara a los ojos. Pude sentir que él me apoyaba y, recuperando todas mis fuerzas, empecé a explicarle la historia.

-Sé que no has entendido nada de lo que está pasando en el salón –me reí al imaginar todas las posibles hipótesis que se lo habrán podido ocurrir- así que te lo explicaré. Bueno, ella es Lucía, mi compañero de piso y mi amiga, –al decir esto puse un tono de voz irónico, haciendo ver que estaba muy enfadada con ella- y él es Héctor.
Al escuchar su nombre, Dani comprendió todo. Comprendió mi enfado y mis inevitables lágrimas. Su cara se tensó y se levantó de un salto de la cama. Adivinando sus intenciones, también me levanté y le agarré del brazo antes de que llegase a abrir la puerta.

-No Dani, eso no lo arreglaría –le miré fijamente a los ojos, haciéndole entender que sabía que pensaba hacer.
-¿Entonces qué quieres que haga? – dijo mientras seguíamos mirándonos a los ojos.

Manteniéndonos la mirada yo sentía lo mismo que la primera vez que le miré. Sentía que las piernas me temblaban y que mi mente no pensaba con rapidez. Simplemente mi mente se ponía en blanco y no lograba acordarme de nada. En mi cabeza sólo ocupaban mis pensamientos sus ojos verdes.

Además, esta vez sentía el doble esas sensaciones. Quería decirle lo que podía hacer, quería que supiese lo primero que se me pasó por la cabeza en cuanto vi la escena, pero tenía miedo. No sé exactamente por qué, pero tengo miedo de preguntárselo. Puede que por miedo a una negativa suya, eso me hundiría más aún, cosa que veo imposible. Pero necesitaba decírselo. Quería decírselo.
Respiro profundo. “Raquel, hay que armarse de valor” me digo a mí misma. Decidida y sin pensar. Cómo un salto al vacío. Decido decir lo que llevo pensando ya casi media hora.

-Hay una cosa que puedes hacer… -él me mira sorprendido e interesado mientras yo agacho la cabeza, mirando hacia mis pies. Necesito buscar las palabras adecuadas.- Verás, lo que necesito es salir de aquí. Dani… sé que es precipitado pero… ¿podría irme a vivir contigo? Aunque sólo fuese unas semanas. No soporto estar aquí… no… no puedo… es que…
Sin quererlo las lágrimas volvían a empapar mi rostro, esta vez de miedo. Dani lo notó y me estrechó contra su pecho. Sentí que ese era el lugar más seguro del mundo. Así, nada nos podría destruir. Apoyé mi cabeza en su hombro y empapé su camiseta de lágrimas. Su perfume me tranquilizó.

Mientras nos seguíamos abrazando y él me acariciaba la espalda de arriba abajo, consolándome, me susurró al oído:
-Claro que puedes venir a mi casa, tonta.

Yo despegué mi cara de su hombro y le miré. Mi sonrisa era la más sincera que nunca había tenido, aunque las lágrimas que aun se deslizaban por mis mejillas pudiesen decir lo contrario. No dude en besarle. Un beso salado por mis lágrimas, pero también un beso de compromiso, confianza.
Rápidamente busqué una bolsa y metí la ropa que vi necesaria. Además contaba con la que estaba en las bolsas tiradas en la puerta del salón. Una vez tuve todo lo necesario empaquetado entre la bolsa de viaje y una mochila que me colgué al hombro, salí decidida hacia el salón.

Allí las cosas ahora habían cambiado de aspecto. Héctor y Lucía, ya vestidos, estaban sentados en el sofá sin mirarse ni hablarse. El ambiente era tenso y se podía palpar en cuanto cruzabas el marco de la puerta. Intentando no transmitir ninguna emoción, seca e inflexible me limite a decir:
-Adiós.

Indiferente, recogí las bolsas de donde las había dejado y salí con Dani detrás de mí., que se despidió con un gesto de los dos. 
Al cerrar la puerta de mi piso me di cuenta realmente de lo que estaba haciendo. Abandonaba el que había sido mi hogar durante ya varios años. ¿Estaba haciendo lo correcto? Un escalofrío recorrió mi cuerpo. ¿Me equivocaba? Entonces me giré y pude ver a Dani apoyado en la pared del descansillo, esperando a que terminase de cerrar la puerta.
En ese momento estuve segura.

No me equivocaba con la decisión.

sábado, 7 de septiembre de 2013

CAPITILO 26

Me siento en el sofá todavía asimilando lo que acabo de ver. No entiendo nada. No entiendo a qué a quiere jugar haciendo ahora esto. Le vuelvo a llamar sin éxito, me vuelve a saltar el buzón de voz. Puede que se le haya acabado la batería o que simplemente no me lo quiera coger, no quiera saber nada de mí. Descarto la segunda opción, duele demasiado.

La cabeza me da vueltas, ayer pareció todo tan fácil.

La verdad, lo que me duele es que haya tomado una decisión sin mí, y no entiendo por qué. Lo único que ha dicho es la verdad y la única que le podía impedir decirlo era Raquel. Seguro que con ella si ha hablado. Es más, seguro que está ahora mismo con ella.
Frunzo el ceño extrañada, ¿estoy sintiendo celos? ¿Por qué? ¿Celos de Raquel? No, no puedo sentir celos de ella. Él la ha elegido. Me encanta la pareja que hacen, no hay más que añadir. Además, Raquel es la novia ideal, es perfecta. Incluso siendo torpe es encantadora. Entonces, ¿qué me ocurre?
Vuelvo a coger el Iphone que reposaba encima de la mesa y lo desbloqueo. Mi dedo, tembloroso sin motivo, pincha en el icono del Whatsapp y busca entre los contactos hasta por fin llegar al indicado. “Martínez Móvil”. Abro la conversación. Hace varias horas que no se conecta. Eso me alivia, por lo menos no estaba evitando mis llamadas. ¿Y qué hago ahora? ¿Le escribo? Puede que si le pongo algún mensaje, parezca demasiado desesperada por hablar con él. Pero necesito una respuesta a lo que ha pasado, ¿por qué ha llegado a la decisión de escribir ese tweet? Decidida, le envío el mensaje preguntándoselo. Pasan los minutos y sigue sin aparecer el segundo tick, ni la hora de última conexión cambia. Cansada, vuelvo a dejar el móvil en la mesa y me asomo a la ventana.
Fuera, entre edificios, se distingue una bonita puesta de sol. El cielo, casi al completo rosa, se deja invadir por nubes naranjas mientras la brillante esfera dorada desciende lentamente, escondiéndose tras los edificios. Unos pájaros vuelan sin rumbo hacia el horizonte, hasta ser sólo dos puntos negros en el contraste del atardecer. Cierro los ojos y respiro profundamente. Por  un momento me olvido de todo y dejo la mente en blanco. En Madrid ya huele a verano.

ღღღღღღღღ
Llegamos a mi casa. Una vez conseguimos aparcar nos dirigimos al portal cargados de bolsas, fruto de la gran tarde de compras. Los dos sonreímos mientras caminamos calle arriba. El sol desciende por los edificios dejando el cielo a su paso de un bonito color rosado, adornado con nubes naranjas.

-Mañana va a hacer bueno –digo de repente, sacando a Dani de sus pensamientos.
Este me mira extrañado, como si hubiese dicho la mayor locura del mundo, tal vez pensando que necesitaba un psiquiatra. Decido explicárselo:

-Mi abuela siempre me ha dicho que cuando se pone el Sol y el cielo se queda rosa, es que va a hacer bueno al día siguiente. –digo mientras señalo el atardecer que está teniendo lugar justo frente a nosotros, recortado entre edificios y cables de teléfono con zapatos colgados.

Dani asiente y, mientras me pasa un brazo por el hombro, me dice:
-Aunque mañana no luciese el sol, tu me alumbrarías el día.

En su cara veo en seguida el arrepentimiento por haber dicho algo tan cursi, pero mis ojos se iluminan. Ha sido precioso. Sin pensarlo me lanzo a besarle, dejando que nuestras siluetas contrasten con el cada vez más bajo Sol.
Hay instantes en los que piensas que nada puede salir mal. Te sientes protegido, aislado del mundo, nada te puede hacer daño. Eres feliz contigo mismo, con las personas que te rodean. Todo parece teñido de rosa, el mismo color del cielo. Todo parece irrompible pero a la vez tan frágil. Querrías aislarte en una burbuja y tener esa sensación todos los días. O mejor, aislarte en esa burbuja y no dejar que nadie te estropease el momento.  Te das cuenta de lo que puede durar un segundo. Cabes en la importancia de cada detalle. Piensas lo bonito que es ese lunar que tiene en el cuello. Sientes más esa sensación cuando te toca, como si descargase una corriente eléctrica sobre tu piel. Todo es suave. En ese instante, un ángel se ha quedado mirando y te regala unos segundos más. Todo lo negativo se va, en tu cabeza sólo hay espacio para la felicidad. Es lo más parecido a un oasis de tranquilidad en la vida.

Eso es exactamente lo que pienso cuando nos terminamos de besar y le miro a los ojos. Me doy cuenta que he encontrado uno de esos instantes y, por lo que él transmite, pienso que le ha pasado lo mismo. Nos miramos fijamente durante lo que parece una eternidad, conociendo nuestra intimidad por la mirada,, adentrándonos uno dentro del otro, sabiendo nuestros miedos, nuestras preocupaciones, y haciéndolas desaparecer. Noto como su mirada muestra decisión, pero también algo de miedo. Puede que miedo por un futuro que es demasiado grande como para intuir lo que puede pasar., tan inmenso como el océano e igual de peligroso. Entonces pienso en lo que dirá la mía y llego a la conclusión de que debe ser un reflejo de la de él.
Llegamos a mi casa, todavía sin decir palabra desde aquella mirada que reveló tantas cosas sin saberlo. Y, al pasar al salón, me doy cuenta de que no todo puede ser perfecto. De que el final tranquilo y feliz nunca existirá y de que no existen esas hadas que antes parecieron tan reales.

Dani viene corriendo al verme parada en la puerta del salón. Dejo caer las bolsas al suelo porque ya no tengo fuerzas ni para agarrarlas y noto como el mundo se me cae encima. Mis ojos no pueden evitar llenarse de lágrimas, aunque no son los únicos de la sala que están vidriosos.
Lucía me mira con esos ojos desde el sofá. Tapada con una sábana y blanca por la sorpresa, no puede evitar que sus ojos reflejen la culpa, la traición y el dolor. Se esconde como puede entre cojines, seguramente rezando para que se la trague la tierra. Intenta decir algo, pero las palabras no consiguen salir de sus labios. Sólo se escucha un leve murmullo indescifrable.

Mis mejillas no tardan en llenarse de lágrimas. ¿Cómo ha podido pasar? No, no me lo quiero imaginar. Noto como unos brazos me agarran de los hombros. Están tensos, sé que él no entiende ese número. No conoce a ninguno de los dos protagonistas.
-Raquel yo… -susurra una voz masculina desde el sofá.

Pero es tarde para cualquier clase de disculpas. El dolor se ha transformado en rabia.

Pensé que podría desaparecer de mi vida. Pensé que podría volver a ser feliz. Pensé que, con los años, cambiaría y sería capaz de perdonarle. Pero en ese mismo instante me doy cuenta de que Héctor nunca cambiaría.

jueves, 5 de septiembre de 2013

CAPITULO 25

Encontramos una cafetería lo bastante tranquila como para poder hablar sin que el ruido nos lo impidiese. Nos sentamos y pedimos dos cafés. Raquel todavía me miraba extrañada, aunque en sus ojos se reflejaba un poco de compresión. Creí adivinar que ya sabía de lo que íbamos a hablar y una vez más me sorprendió lo lista e intuitiva que era. La camarera llegó con el pedido. Raquel dio un sorbo a su cappuccino todavía ardiendo y rompió el silencio que se había creado:

-Bueno, ¿qué era eso que teníamos que decidir? –me preguntaba esto con los ojos muy abiertos, expectantes a mi contestación.
Me pensé bien qué decir, aunque sabía que Raquel intuía cuál era mi preocupación. ¿Por qué todo estaba resultando tan difícil? Era consciente de que con un simple tweet arreglaría el problema de hoy, pero también sabía que eso no contentaría a los paparazzi, al revés, seguramente les enfadaría haberse equivocado y volverían por otra exclusiva. Por eso tenía que preguntar otra vez a Raquel qué hacer, si aclararlo o no. Porque luego estaban esas dos chicas, que nos habían visto y podían decir todo por Twitter. ¿Por qué no podía cada uno limitarse a vivir su vida?
-Bueno Raquel, no sé si lo habrás adivinado, pero volvemos al tema de ayer –por la cara que puso supe que, efectivamente, ella ya se lo imaginaba y que no le gustaba nada el tema.
Acaricié su mano que estaba encima de la mesa mientras le contaba lo ocurrido en los probadores con las chicas, que nos habían visto. Le expliqué otra vez las opciones que teníamos y ella asintió pensativa. Miraba hacia nuestras manos, que aún seguían juntas, una encima de la otra. Acariciaba su anillo del dedo corazón mientras la dejaba pensar, no era una decisión que podía tomar a la ligera. Sentía cómo sus ojos intentaban retener las lágrimas. Apretó los labios y, después de dejar escapar un suspiro, subió la cabeza para volver a mirarme con sus ojos verdes y decirme.
-Desmiéntelo. Me da igual que al final terminen descubriendo lo nuestro, pero si les seguimos el juego, lo que conseguiremos serán titulares más jugosos para ellos como “Dani a dos bandas” o “Martínez, ¿no te decides?”. A la larga será peor para todos, pero sobre todo para ti, y yo no quiero eso. –vio que iba a replicar, pero antes de dejarme decir palabra hizo un gesto en la cabeza y siguió.- Un día me dijiste que esto podría llegar a pasar, y yo te dije que no me importaba. Hoy lo sigo manteniendo e incluso más firmemente que la otra vez. No me imagino mis días sin ti.
Raquel se frotó el ojo derecho donde una lágrima amenazaba con caer mientras yo seguía anonadado. No me esperaba una respuesta así, no me esperaba nada de lo que ha dicho, pero sobre todo, una frase resonaba con intensidad en mi cabeza. La oía constantemente, todavía pronunciada por su dulce y entrecortada voz, con su timidez: “No me imagino mis días sin ti”. Y si esa frase estaba rebotando en mi cabeza como una pelota era por una simple razón, a mi me pasaba lo mismo.
Decidido, saco mi móvil ante la atenta mirada de Raquel, que sigue bebiendo a sorbos su café. Dejo que mis dedos se deslicen ágiles por la pantalla mientras escribo el tweet decisivo. La verdad es que no me había metido en Twitter desde que pasó lo de la revista y no había podido ver la cantidad de menciones que me habían llegado preguntando si era verdad esa noticia o dándome la enhorabuena por mi nuevo “fichaje”. Miro el perfil de Cristina, pero resulta que ella tampoco ha twitteado desde ayer cuando se lo contamos. La verdad, es un alivio, porque así no contradiré algo que ella hubiese podido escribir anoche. Antes de darle a enviar le enseño lo que he decidido escribir a Raquel. Ella lo lee arrugando el entrecejo para ver mejor las letras que en la pantalla ponen: “Amigos, ha sido todo un malentendido, @CristiPedroche y yo sólo somos buenos amigos. A veces las cosas parecen lo que no son.” Ella asiente ante el mensaje que estaba a punto de publicar, dando así su aprobación. Corto y sencillo, con un contenido que dejaba claro lo que quería decir, o al menos eso esperaba. En unos segundos el tweet se cuelga. Dejo el teléfono en medio de la mesa, entre los dos.
No sabemos exactamente qué estamos esperando que pase, pero en seguida me empiezan a llegar mensajes de todo tipo. Algunos piden que sea verdad, que les encantaría verme saliendo con Cris. Ante estos mensajes Raquel pone mala cara. Otros ponen que si entonces sigo soltero, y en estos los dos nos reímos mientras nos besamos, dando así una respuesta a esa persona que nunca verá.
Pagamos y salimos de la pequeña cafetería, ahora más relajados. No hemos dicho nada, ni tampoco era estrictamente necesario, pero entre los dos parece haber una sensación distinta, como de libertad. Ahora si nos pillan no pasa nada, nadie podría mirarnos con mala cara a ninguno. Nada malo puede pasar.

Nos dirigimos a la salida de la mano cuando pasamos delante de una tienda que me hace parar. Raquel me mira sorprendida. Yo le aguanto la mirada divertido mientras le digo:

-¡Oye! En esta no hemos entrado, ¿no?

Ella se ríe y me da un pequeño puñetazo en el brazo cariñoso mientras sus mejillas adquieren ese color rojizo tan característico de ella cuando no controla la situación. Yo sigo picándola con voz divertida:
-Venga, lo que te compres aquí invito yo. Eso sí, te lo pruebas esta noche, ¿eh?

Ella vuelve a reírse, pero no se resiste cuando la llevo dentro de la tienda en cuyo cartel pone: “Women Secret”.  Todavía roja de vergüenza Raquel avanza por los pasillos mientras yo la sigo detrás ante la atenta mirada de las clientas que son todas mujeres y me miran como un invasor en su espacio. Agobiado entre tanta lencería de satén, sujetadores y bikinis, cojo un conjunto cualquiera y se lo enseño a Raquel. Ella no puede evitar reírse al ver que he cogido un conjunto compuesto por una faja y un sujetador carne que parecen de abuela. Mientras dejo lo que he cogido sin saber en una estantería, ella rebusca mejor y me enseña uno rojo, con el sujetador de encaje y el tanga a juego. Se lo pone encima de su ropa y me dice pícara, ya casi sin la vergüenza de antes:

-¿Me pruebo este o el tuyo?

Yo hago ver que dudo, pero sólo hace falta que me ría para que Raquel vaya corriendo a los probadores con el que ella ha cogido. La espero fuera en un banco que hay justo enfrente del probador de cortinas negras donde se ha metido. En poco tiempo su cabeza asoma entre las cortinas, dejando caer el pelo a un lado.

-Dani, ven –me susurra divertida. Al ver mi cara extrañada me dice más bajito aún- ¿Vienes o quieres que me pasee con el conjunto por toda la tienda?

Dos chicos que están igual que yo, esperando a sus novias nos miran divertidos, tal vez esperando a que Raquel salga por fin. Decido no concederles ese placer y me meto dentro del probador con Raquel.
El probador no es que sea muy grande, por lo que nuestros cuerpos es inevitable que se rocen. Me aparto un poco para poder ver bien a Raquel. Si antes pensaba que cualquier prenda de ropa le queda bien, ahora estoy más seguro que cualquier conjunto de lencería le va como un guante. El color rojo del conjunto resaltaba en la piel no muy bronceada de Raquel. El sujetador hacia que, aunque Raquel no tuviese mucho pecho, el que tenía realzase más. Ese conjunto parecía realzar cada lunar de la piel de Raquel, sobre todo ese de la cadera, que marcaba el límite con la goma del tanga. Me dejé perder por sus curvas y, cuando me recuperé de la impresión, la volví a mirar a los ojos. Sin pensarlo empecé a besarla. Ella se echó hacia atrás hasta que la pared le impidió retroceder más, provocando un golpe sordo que seguramente se escuchó en toda la tienda. No nos importó, nos dejamos llevar por la pasión del momento. Yo le revolvía el pelo, le besaba en el cuello y ella se dejaba hacer. “No puedes llegar más lejos, Martínez” me decía una voz en mi interior, “estás en un probador, recuérdalo”. Y aunque mi cerebro dijese eso, mi cuerpo no tenía fuerzas para hacerle caso. Era imposible despegar mi boca de la de Raquel. Fue cuando ella abrió los ojos y recordó donde estábamos cuando paramos. Ella aún jadeante me susurró al oído:

-No te preocupes, esta noche misma lo estreno.

Yo no dudé en mi contestación:
-Si te lo pones esta noche, no va a durar ni cinco minutos en tu cuerpo. –ella soltó una risita nerviosa y me dio un pico rápido mientras con una mano, cariñosamente, me echaba fuera del probador.

Al salir los chicos, que todavía estaban fuera, me miraron con suspicacia y yo les sonreí distraídamente, haciéndoles entender que lo que ellos pensaban que había pasado era lo que realmente había pasado. Raquel tardó menos en salir que de costumbre y fuimos a la caja a pagar. Cuando fue nuestro turno, Raquel puso el conjunto en la caja y rebuscó en el bolso su monedero. Cuando al fin lo encontró y lo sacó, yo ya me había adelantado y había pagado el conjunto, que ahora estaba metido en una pequeña bolsa rosa con el nombre de la tienda en un lateral. Raquel me miró sorprendida.
-Un trato es un trato –me limité a decir.

Salimos del centro comercial y una vez en el coche le pregunté cuál era la próxima parada.
-Pues, primero deberíamos dejar las bolsas en mi casa, ¿no? No está muy lejos de aquí.

Yo asentí, pero antes de arrancar el coche y poner rumbo a la dirección indicada, Raquel se inclinó sobre mí, haciendo que sus labios casi rozasen los míos mientras decía:

-Luego… Tú decides si quieres que vaya a tu casa. –al terminar de decir esto me sonrío con esa sonrisa suya de lado que me volvía loco.
Mi única respuesta fue un beso.