Ella me miraba desde el sofá, temerosa y arrepentida,
todavía buscando en sus labios temblorosos las palabras adecuadas. Daba igual
lo que dijese, no lo quería escuchar. Sólo quería salir de allí. De repente esa sala se estaba volviendo agobiante y notaba como si las paredes cada vez se estuviesen acercando más. Creí por un momento que sentía tal lío en mi interior que me acabaría desmayando.
Ajeno a todo lo que estaba pasando, Dani seguía detrás de
mí, con una mano sobre mi hombro. Le notaba tenso, pero saber que me apoyaba
aún sin saber qué pasaba realmente era lo único que me hacía sentir bien de
aquella situación. Su mano transmití seguridad y calidez, y me hizo recobrar la serenidad por unos instantes.
En la habitación nadie hablaba. Todos nos dedicábamos a
mirarnos, buscando respuestas a preguntas sin formular. Fui yo quien rompió ese
silencio sepulcral, aún con la voz ahogada por las lágrimas:
-No me lo creo –movía la cabeza negativamente, intentando
sacar lo sucedido de mi cabeza, despertarme de la pesadilla-, no me lo creo. Es que no me lo creo.
-Rachel… yo… -Lucía por fin parecía haber recordado cómo
hacer funcionar sus cuerdas vocales, pero no le di opción a decir nada más.
Salí disparada hacia mi habitación, seguida de Dani, que aún
no sabía qué estaba pasando y miraba todo como si formase parte de una
película. Me miraba a mí buscando una explicación, le prometí con la mirada que pronto entendería todo. Mientras él no soltaba mi mano.
“Rachel”… hacía tanto que no me llamaba así. Ese había sido
mi mote cuando tenía quince años, pero ahora todos me volvían a llamar Raquel.
Preferiría haberlo vuelto a oír en otras circunstancias. Cualquier momento mejor que aquel.
Al llegar a mi habitación cerré dando un portazo. Fue
automático, ahora sólo sentía rabia. Dani me miró desconcertado. Se había
sentado en la cama y con la mano palmeaba un hueco al lado suyo, invitándome a
sentarme. Creí estar lo bastante serenada como para contarle todo, lo que no
sabía era cómo reaccionaría. Me senté a su lado, todavía con la cabeza gacha.
Él me elevó la barbilla con la mano, haciendo que le mirara a los ojos. Pude
sentir que él me apoyaba y, recuperando todas mis fuerzas, empecé a explicarle la
historia.
-Sé que no has entendido nada de lo que está pasando en el
salón –me reí al imaginar todas las posibles hipótesis que se lo habrán podido
ocurrir- así que te lo explicaré. Bueno, ella es Lucía, mi compañero de piso y
mi amiga, –al decir esto puse un tono de voz irónico, haciendo ver que estaba
muy enfadada con ella- y él es Héctor.
Al escuchar su nombre, Dani comprendió todo. Comprendió mi
enfado y mis inevitables lágrimas. Su cara se tensó y se levantó de un salto de
la cama. Adivinando sus intenciones, también me levanté y le agarré del brazo
antes de que llegase a abrir la puerta.
-No Dani, eso no lo arreglaría –le miré fijamente a los
ojos, haciéndole entender que sabía que pensaba hacer.
-¿Entonces qué quieres que haga? – dijo mientras seguíamos mirándonos
a los ojos. Manteniéndonos la mirada yo sentía lo mismo que la primera vez que le miré. Sentía que las piernas me temblaban y que mi mente no pensaba con rapidez. Simplemente mi mente se ponía en blanco y no lograba acordarme de nada. En mi cabeza sólo ocupaban mis pensamientos sus ojos verdes.
Además, esta vez sentía el doble esas sensaciones. Quería
decirle lo que podía hacer, quería que supiese lo primero que se me pasó por la
cabeza en cuanto vi la escena, pero tenía miedo. No sé exactamente por qué,
pero tengo miedo de preguntárselo. Puede que por miedo a una negativa suya, eso
me hundiría más aún, cosa que veo imposible. Pero necesitaba decírselo. Quería decírselo.
Respiro profundo. “Raquel, hay que armarse de valor” me digo
a mí misma. Decidida y sin pensar. Cómo un salto al vacío. Decido decir lo que
llevo pensando ya casi media hora.
-Hay una cosa que puedes hacer… -él me mira sorprendido e
interesado mientras yo agacho la cabeza, mirando hacia mis pies. Necesito
buscar las palabras adecuadas.- Verás, lo que necesito es salir de aquí. Dani…
sé que es precipitado pero… ¿podría irme a vivir contigo? Aunque sólo fuese
unas semanas. No soporto estar aquí… no… no puedo… es que…
Sin quererlo las lágrimas volvían a empapar mi rostro, esta vez de miedo. Dani
lo notó y me estrechó contra su pecho. Sentí que ese era el lugar más seguro
del mundo. Así, nada nos podría destruir. Apoyé mi cabeza en su hombro y empapé su camiseta de lágrimas. Su perfume me tranquilizó.
Mientras nos seguíamos abrazando y él me acariciaba la
espalda de arriba abajo, consolándome, me susurró al oído:
-Claro que puedes venir a mi casa, tonta.
Yo despegué mi cara de su hombro y le miré. Mi sonrisa era
la más sincera que nunca había tenido, aunque las lágrimas que aun se
deslizaban por mis mejillas pudiesen decir lo contrario. No dude en besarle. Un
beso salado por mis lágrimas, pero también un beso de compromiso, confianza.
Rápidamente busqué una bolsa y metí la ropa que vi
necesaria. Además contaba con la que estaba en las bolsas tiradas en la puerta
del salón. Una vez tuve todo lo necesario empaquetado entre la bolsa de viaje y
una mochila que me colgué al hombro, salí decidida hacia el salón.
Allí las cosas ahora habían cambiado de aspecto. Héctor y
Lucía, ya vestidos, estaban sentados en el sofá sin mirarse ni hablarse. El
ambiente era tenso y se podía palpar en cuanto cruzabas el marco de la puerta.
Intentando no transmitir ninguna emoción, seca e inflexible me limite a decir:
-Adiós.
Indiferente, recogí las bolsas de donde las había dejado y
salí con Dani detrás de mí., que se despidió con un gesto de los dos.
Al cerrar la puerta de mi piso me di cuenta
realmente de lo que estaba haciendo. Abandonaba el que había sido mi hogar
durante ya varios años. ¿Estaba haciendo lo correcto? Un escalofrío recorrió mi
cuerpo. ¿Me equivocaba? Entonces me giré y pude ver a Dani apoyado en la pared
del descansillo, esperando a que terminase de cerrar la puerta.
En ese momento estuve segura.No me equivocaba con la decisión.