jueves, 5 de septiembre de 2013

CAPITULO 25

Encontramos una cafetería lo bastante tranquila como para poder hablar sin que el ruido nos lo impidiese. Nos sentamos y pedimos dos cafés. Raquel todavía me miraba extrañada, aunque en sus ojos se reflejaba un poco de compresión. Creí adivinar que ya sabía de lo que íbamos a hablar y una vez más me sorprendió lo lista e intuitiva que era. La camarera llegó con el pedido. Raquel dio un sorbo a su cappuccino todavía ardiendo y rompió el silencio que se había creado:

-Bueno, ¿qué era eso que teníamos que decidir? –me preguntaba esto con los ojos muy abiertos, expectantes a mi contestación.
Me pensé bien qué decir, aunque sabía que Raquel intuía cuál era mi preocupación. ¿Por qué todo estaba resultando tan difícil? Era consciente de que con un simple tweet arreglaría el problema de hoy, pero también sabía que eso no contentaría a los paparazzi, al revés, seguramente les enfadaría haberse equivocado y volverían por otra exclusiva. Por eso tenía que preguntar otra vez a Raquel qué hacer, si aclararlo o no. Porque luego estaban esas dos chicas, que nos habían visto y podían decir todo por Twitter. ¿Por qué no podía cada uno limitarse a vivir su vida?
-Bueno Raquel, no sé si lo habrás adivinado, pero volvemos al tema de ayer –por la cara que puso supe que, efectivamente, ella ya se lo imaginaba y que no le gustaba nada el tema.
Acaricié su mano que estaba encima de la mesa mientras le contaba lo ocurrido en los probadores con las chicas, que nos habían visto. Le expliqué otra vez las opciones que teníamos y ella asintió pensativa. Miraba hacia nuestras manos, que aún seguían juntas, una encima de la otra. Acariciaba su anillo del dedo corazón mientras la dejaba pensar, no era una decisión que podía tomar a la ligera. Sentía cómo sus ojos intentaban retener las lágrimas. Apretó los labios y, después de dejar escapar un suspiro, subió la cabeza para volver a mirarme con sus ojos verdes y decirme.
-Desmiéntelo. Me da igual que al final terminen descubriendo lo nuestro, pero si les seguimos el juego, lo que conseguiremos serán titulares más jugosos para ellos como “Dani a dos bandas” o “Martínez, ¿no te decides?”. A la larga será peor para todos, pero sobre todo para ti, y yo no quiero eso. –vio que iba a replicar, pero antes de dejarme decir palabra hizo un gesto en la cabeza y siguió.- Un día me dijiste que esto podría llegar a pasar, y yo te dije que no me importaba. Hoy lo sigo manteniendo e incluso más firmemente que la otra vez. No me imagino mis días sin ti.
Raquel se frotó el ojo derecho donde una lágrima amenazaba con caer mientras yo seguía anonadado. No me esperaba una respuesta así, no me esperaba nada de lo que ha dicho, pero sobre todo, una frase resonaba con intensidad en mi cabeza. La oía constantemente, todavía pronunciada por su dulce y entrecortada voz, con su timidez: “No me imagino mis días sin ti”. Y si esa frase estaba rebotando en mi cabeza como una pelota era por una simple razón, a mi me pasaba lo mismo.
Decidido, saco mi móvil ante la atenta mirada de Raquel, que sigue bebiendo a sorbos su café. Dejo que mis dedos se deslicen ágiles por la pantalla mientras escribo el tweet decisivo. La verdad es que no me había metido en Twitter desde que pasó lo de la revista y no había podido ver la cantidad de menciones que me habían llegado preguntando si era verdad esa noticia o dándome la enhorabuena por mi nuevo “fichaje”. Miro el perfil de Cristina, pero resulta que ella tampoco ha twitteado desde ayer cuando se lo contamos. La verdad, es un alivio, porque así no contradiré algo que ella hubiese podido escribir anoche. Antes de darle a enviar le enseño lo que he decidido escribir a Raquel. Ella lo lee arrugando el entrecejo para ver mejor las letras que en la pantalla ponen: “Amigos, ha sido todo un malentendido, @CristiPedroche y yo sólo somos buenos amigos. A veces las cosas parecen lo que no son.” Ella asiente ante el mensaje que estaba a punto de publicar, dando así su aprobación. Corto y sencillo, con un contenido que dejaba claro lo que quería decir, o al menos eso esperaba. En unos segundos el tweet se cuelga. Dejo el teléfono en medio de la mesa, entre los dos.
No sabemos exactamente qué estamos esperando que pase, pero en seguida me empiezan a llegar mensajes de todo tipo. Algunos piden que sea verdad, que les encantaría verme saliendo con Cris. Ante estos mensajes Raquel pone mala cara. Otros ponen que si entonces sigo soltero, y en estos los dos nos reímos mientras nos besamos, dando así una respuesta a esa persona que nunca verá.
Pagamos y salimos de la pequeña cafetería, ahora más relajados. No hemos dicho nada, ni tampoco era estrictamente necesario, pero entre los dos parece haber una sensación distinta, como de libertad. Ahora si nos pillan no pasa nada, nadie podría mirarnos con mala cara a ninguno. Nada malo puede pasar.

Nos dirigimos a la salida de la mano cuando pasamos delante de una tienda que me hace parar. Raquel me mira sorprendida. Yo le aguanto la mirada divertido mientras le digo:

-¡Oye! En esta no hemos entrado, ¿no?

Ella se ríe y me da un pequeño puñetazo en el brazo cariñoso mientras sus mejillas adquieren ese color rojizo tan característico de ella cuando no controla la situación. Yo sigo picándola con voz divertida:
-Venga, lo que te compres aquí invito yo. Eso sí, te lo pruebas esta noche, ¿eh?

Ella vuelve a reírse, pero no se resiste cuando la llevo dentro de la tienda en cuyo cartel pone: “Women Secret”.  Todavía roja de vergüenza Raquel avanza por los pasillos mientras yo la sigo detrás ante la atenta mirada de las clientas que son todas mujeres y me miran como un invasor en su espacio. Agobiado entre tanta lencería de satén, sujetadores y bikinis, cojo un conjunto cualquiera y se lo enseño a Raquel. Ella no puede evitar reírse al ver que he cogido un conjunto compuesto por una faja y un sujetador carne que parecen de abuela. Mientras dejo lo que he cogido sin saber en una estantería, ella rebusca mejor y me enseña uno rojo, con el sujetador de encaje y el tanga a juego. Se lo pone encima de su ropa y me dice pícara, ya casi sin la vergüenza de antes:

-¿Me pruebo este o el tuyo?

Yo hago ver que dudo, pero sólo hace falta que me ría para que Raquel vaya corriendo a los probadores con el que ella ha cogido. La espero fuera en un banco que hay justo enfrente del probador de cortinas negras donde se ha metido. En poco tiempo su cabeza asoma entre las cortinas, dejando caer el pelo a un lado.

-Dani, ven –me susurra divertida. Al ver mi cara extrañada me dice más bajito aún- ¿Vienes o quieres que me pasee con el conjunto por toda la tienda?

Dos chicos que están igual que yo, esperando a sus novias nos miran divertidos, tal vez esperando a que Raquel salga por fin. Decido no concederles ese placer y me meto dentro del probador con Raquel.
El probador no es que sea muy grande, por lo que nuestros cuerpos es inevitable que se rocen. Me aparto un poco para poder ver bien a Raquel. Si antes pensaba que cualquier prenda de ropa le queda bien, ahora estoy más seguro que cualquier conjunto de lencería le va como un guante. El color rojo del conjunto resaltaba en la piel no muy bronceada de Raquel. El sujetador hacia que, aunque Raquel no tuviese mucho pecho, el que tenía realzase más. Ese conjunto parecía realzar cada lunar de la piel de Raquel, sobre todo ese de la cadera, que marcaba el límite con la goma del tanga. Me dejé perder por sus curvas y, cuando me recuperé de la impresión, la volví a mirar a los ojos. Sin pensarlo empecé a besarla. Ella se echó hacia atrás hasta que la pared le impidió retroceder más, provocando un golpe sordo que seguramente se escuchó en toda la tienda. No nos importó, nos dejamos llevar por la pasión del momento. Yo le revolvía el pelo, le besaba en el cuello y ella se dejaba hacer. “No puedes llegar más lejos, Martínez” me decía una voz en mi interior, “estás en un probador, recuérdalo”. Y aunque mi cerebro dijese eso, mi cuerpo no tenía fuerzas para hacerle caso. Era imposible despegar mi boca de la de Raquel. Fue cuando ella abrió los ojos y recordó donde estábamos cuando paramos. Ella aún jadeante me susurró al oído:

-No te preocupes, esta noche misma lo estreno.

Yo no dudé en mi contestación:
-Si te lo pones esta noche, no va a durar ni cinco minutos en tu cuerpo. –ella soltó una risita nerviosa y me dio un pico rápido mientras con una mano, cariñosamente, me echaba fuera del probador.

Al salir los chicos, que todavía estaban fuera, me miraron con suspicacia y yo les sonreí distraídamente, haciéndoles entender que lo que ellos pensaban que había pasado era lo que realmente había pasado. Raquel tardó menos en salir que de costumbre y fuimos a la caja a pagar. Cuando fue nuestro turno, Raquel puso el conjunto en la caja y rebuscó en el bolso su monedero. Cuando al fin lo encontró y lo sacó, yo ya me había adelantado y había pagado el conjunto, que ahora estaba metido en una pequeña bolsa rosa con el nombre de la tienda en un lateral. Raquel me miró sorprendida.
-Un trato es un trato –me limité a decir.

Salimos del centro comercial y una vez en el coche le pregunté cuál era la próxima parada.
-Pues, primero deberíamos dejar las bolsas en mi casa, ¿no? No está muy lejos de aquí.

Yo asentí, pero antes de arrancar el coche y poner rumbo a la dirección indicada, Raquel se inclinó sobre mí, haciendo que sus labios casi rozasen los míos mientras decía:

-Luego… Tú decides si quieres que vaya a tu casa. –al terminar de decir esto me sonrío con esa sonrisa suya de lado que me volvía loco.
Mi única respuesta fue un beso.

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