La tarde siguió entre risas, anécdotas y tonterías. Una vez
los tres vimos que ya no teníamos problemas y que todo estaba dicho fue como si
nada hubiese pasado. Nos sentamos en el salón de Cris y allí nos dejamos llevar
por historias nuevas y antiguas, recuerdos y travesuras de la infancia. Me
alegré de que Cris y Raquel consiguieran congeniar tan bien en tan poco tiempo.
Es como si fueran amigas de toda la vida. Hubo un momento en el que empezaron a
hablar de ropa y yo aproveche para ir al baño. Cuando volví no estoy muy seguro
de qué estuvieron hablando, porque las dos se empezaron a reír como locas y a
Raquel se le enrojecieron las mejillas cuando la miré. Ignoré de que podrían haber hablado y me reí con ellas.
Gracias a la improvisada tertulia descubrí cosas que nunca me imaginaría de Raquel, como que cuando apenas tenía trece años y eran fan incondicional de Bisbal, le persiguió desde el hotel hasta un restaurante donde fue a comer, y le esperó hasta que salió para pedirle una foto. Mientras lo contaba, mi risa iba aumentando de volumen, hasta que el ataque de risa fue tal, que acabe riéndome tumbado en el sofá, dando golpes con la mano a un cojín y a Raquel se le encendían otra vez las mejillas. Cuando se me pasó ella me hizo ver que estaba enfadada por haberme reído tanto, pero un simple beso la desenfadó. Cristina cada vez que ocurría una escena como esa nos miraba divertida, aunque con una mirada de añoranza, adiviné que ella también querría una relación así. Cuando nos quisimos dar cuenta de la hora, ya era muy tarde y casi estaba anocheciendo, Cris nos acompañó hasta la puerta para despedirnos. A ella ya se le había hecho ya muy tarde porque había quedado para salir y todavía se tenía que arreglar.
Gracias a la improvisada tertulia descubrí cosas que nunca me imaginaría de Raquel, como que cuando apenas tenía trece años y eran fan incondicional de Bisbal, le persiguió desde el hotel hasta un restaurante donde fue a comer, y le esperó hasta que salió para pedirle una foto. Mientras lo contaba, mi risa iba aumentando de volumen, hasta que el ataque de risa fue tal, que acabe riéndome tumbado en el sofá, dando golpes con la mano a un cojín y a Raquel se le encendían otra vez las mejillas. Cuando se me pasó ella me hizo ver que estaba enfadada por haberme reído tanto, pero un simple beso la desenfadó. Cristina cada vez que ocurría una escena como esa nos miraba divertida, aunque con una mirada de añoranza, adiviné que ella también querría una relación así. Cuando nos quisimos dar cuenta de la hora, ya era muy tarde y casi estaba anocheciendo, Cris nos acompañó hasta la puerta para despedirnos. A ella ya se le había hecho ya muy tarde porque había quedado para salir y todavía se tenía que arreglar.
-Un placer –le dijo a Raquel mientras se daban un cariñoso
abrazo- os deseo lo mejor, en serio. ¡Ah! Casi se me olvida –entonces fue
corriendo a la cocina y volvió con un trozo de papel donde estaba apuntado un
número- Raquel, aquí tienes mi número, ya sabes que para lo que quieras. –y dicho
esto se volvieron a abrazar. Creí oír que Raquel le susurraba “Gracias” seguido
de algo más que no entendí pero que provoco risas en ambas.
Cuando Cris se giró hacia mí, me dio dos besos y me susurró
al oído “cuídala, ¿eh?”. Esto mi hizo
darme cuenta que si que se habían caído muy bien. Si es que Raquel es una chica
única.
Al acabar todas las despedidas y que Raquel nos lanzase un
beso desde la puerta gritando: “hasta otra, parejita”, bajamos las escaleras
juntos. Yo llevaba a Raquel agarrada de la cintura con mi brazo izquierdo, y
ella me agarraba a mí con su brazo derecho. Un beso al llegar al portal.
Andamos hasta donde había aparcado el coche. Otro antes de subir. Una vez cada
uno estuvo en su asiento, nos miramos. Es automático, los dos comenzamos a
reír. Yo la miro inocente, aun que ella ya ha adivinado mis pensamientos, de
todas formas me hago el loco y le pregunto:
-Bueno, ¿te llevo ya a casa? –ella se empieza a reír. Está
preciosa cuando ríe a carcajadas, con su risa de campanillas.
-¿En serio, Martínez? –Dice mientras se quita las lágrimas
que esta vez son de tanto reírse.- ¿Acaso no recuerdas cómo hacemos siempre las
paces? –vuelve a sonreírme, ladeando la sonrisa, picarona y provocativa. Se
muerde el labio, cosa que me vuelve loco.
-Está bien –esta vez yo también sonrío, arranco el coche y
pongo dirección a mi casa. No tardamos ni cinco minutos en llegar.
Aparcamos y bajamos. Otra vez igual que antes, nada más
bajar del coche nos besamos. Después en el portal, y así hasta llegar a la
puerta de mi casa. Raquel que ya ha subido otras veces me coge de la mano y me
lleva corriendo a la habitación. Apenas me da tiempo a cerrar la puerta de la
fuerza con la que tira de mí. En el cuarto, se sube a la cama y, como si fuese
una niña pequeña, empieza a saltar encima del colchón, descolocando la colcha y
riendo a carcajadas. No se da cuenta que de los saltos el vestido sube y baja,
dejando a la vista sus braguitas negras de encaje; o sí y lo hace a posta,
provocándome. Yo no puedo evitar reírme,
esas cosas son las que me encantan de ella, que sea tan impredecible; niña y
mujer a la vez. Entonces se acerca, todavía subida encima de la cama con el
pelo alborotado y el vestido descolocado, a donde estoy yo y saltando enlaza
sus piernas alrededor de mi cintura, quedándose subida encima de mí, con las
manos agarradas a mi cuello. Yo la cojo de atrás para evitar que se caiga y sin
darme tiempo ni a coger aire me besa con pasión, deseosa de llegar a más cuanto
antes. Empieza a besarme en el cuello y yo me derrito con sus caricias. Con
cuidado la tumbo sobre la cama y mientras me desabrocha el pantalón vuelvo a
pensar que las reconciliaciones son lo mejor de las peleas.