martes, 25 de junio de 2013

CAPITULO 15


Terminé de mandar el Whatsapp y guardé mi IPhone en el bolsillo de los vaqueros, la simple idea de que dentro de media hora la volvería a ver me hacía tener una sonrisa de oreja a oreja. Me despedí de mis compañeros y salí del plató, fui hasta el parking donde estaba mi coche aparcado, lo abrí y me monté dentro. Justo al arrancar el motor mi móvil sonó, alguien me acababa de responder al Whatsapp y estaba seguro de quién sería. Me reí al ver que había acertado con mis suposiciones, era Raquel:

Ok, yo ya estoy preparada, tu estas tardando ;) Te quierooo.

Junto con el mensaje adjuntaba una foto de ella en su salón lanzándome un beso, la guardé en mi móvil, no tenía ninguna suya. Arranqué el coche y me puse dirección a su casa. Por los altavoces sonaba a todo volumen ‘Love of Lesbian’. Esta vez no me perdí en el camino a su casa, aunque tardé en aparcar. Fui a su portal, el 11. Llamé al telefonillo y en seguida contestó esa dulce voz que reconocí al segundo:

-¿Quién es?

-El coco –respondí.

-Qué tonto –dijo ella riéndose- ¿Subes o bajo?

-Lo que tú quieras, ¿has comido?

-La verdad es que no, estaba comprando cuando me lo preguntaste y te he esperado. No te voy a mentir, me muero de hambre.

-Entonces baja y llévame a un sitio de por aquí que den de comer.

-Voy volando.

No tardó ni cinco minutos en abrir la puerta. Estaba preciosa, con una falda vaquera que realzaba sus piernas y unas Converses verdes exactamente iguales que las que tenía yo en casa, iba peinada con una coleta a un lado, lo que hacía que sus ojos luciesen más. En cuanto salió, se lanzó a mis brazos y se agarró mi cuello. Nuestros labios se juntaron como si nunca se hubiesen separado, demostrando que querían permanecer así siempre. Cuando el beso terminó no miramos a los ojos, observé esos ojos que hacía apenas dos días me habían conquistado. Como cambian las cosas en tan poco tiempo, ahora esos ojos que antes eran desconocidos me habían revelado secretos nunca contados. Caminamos cogidos de la mano, en parte me alegré de que nadie me reconociese, no quería que me molestasen hoy, quería disfrutar del día con Raquel.

Llegamos a un centro comercial y entramos por las puertas correderas de cristal. Dentro no había mucha gente y Raquel me condujo hacia la izquierda, nos paramos enfrente de la puerta del Burguer King.

-¡Tachán! Bienvenido al mejor restaurante de todo Fuenlabrada –dijo mientras movía los brazos exageradamente.

Yo no pude evitar reírme, me encantaba su sentido del humor. La cogí de la cintura y la apreté contra mi cuerpo mientras le decía:

-Oye, no te metas con el Burguer, que a mí me gusta. -ahora era ella quien reía.

Entramos, el local no era muy grande y, al igual que el centro comercial, estaba casi vacío. Sólo había un grupo de amigos sentados en una mesa redonda que reían descontroladamente y una pareja sentada en unos sillones al fondo. Fuimos al mostrador a pedir: dos menús BigMac con Coca-Cola y patatas. Decidimos sentarnos en una mesa al lado de los columpios infantiles, lejos de las otras mesas ocupadas. Mientras mojaba una de sus patatas en kétchup, Raquel me pregunto:

-Bueno, ¿y qué tal el día? ¿Mucho trabajo? –a lo que añadió una sonrisa sincera.

Yo me reí, de verdad que era una caja de sorpresas esta chica. Primero te hacía una gracia y luego se ponía a interrogarte como si de tu madre se tratase.

-¿Ahora te has convertido en mi madre? –pregunté divertido.- Pues como siempre, muchas tomas y con sueño por el madrugón.

Seguimos la comida en silencio, no sé si la habría molestado mi respuesta o si es que algo le rondaba por la cabeza. Cuando terminó su hamburguesa, volvió a mirarme fijamente a los ojos. Los suyos parecían estar llorosos, indecisos, dolidos. No pude evitar preguntar, me preocupaba qué le podía haber pasado:

-Raquel, ¿qué te pasa? ¿Por qué estas así? ¿Ha sido la respuesta de antes? No he querido sonar borde…

Y sin saber por qué, rompió a llorar. Yo me cambié de sitio y fui a su lado, la cogí de los hombros, acercándola a mi pecho y acunándola, en un intento de calmarla.

-Raquel… Raquel… Si no me dices lo que te pasa no te voy a poder ayudar. Venga, cuéntamelo –le susurré.

Por fin ella se calmó un poco, se quitó las lágrimas de los ojos y consiguió, balbuceando, responderme:

-Pues… Pues… Es que lo… lo que estado pensando to… toda la mañana. Dani –ahora me miraba con los ojos todavía llenos de lágrimas- ¿qué va a pasar con nosotros?

-No te entiendo, ¿a qué te refieres? –pregunté confuso.

-Pues… que tú eres quien eres, y yo no soy nadie. La verdad, me asombra que hayamos durado más que anoche juntos. Dani, no soportaría que un día por las buenas desaparecieses de mi vida, y sé que puede sonar egoísta, pero esto es así.

La apreté más fuerte contra mi pecho y la besé en la cabeza mientras le decía:

-¿Tú crees que ahora yo sería capaz de dejarte tirada? Muy mal concepto tienes de mí. -Se rió, eso era buena señal, así que proseguí con el discurso- Puede que a veces sea complicado quedar, que nos paren cuando paseemos o hasta que nos hagan fotos, pero en todo caso, quien tendrías que dejarme serías tú. Raquel, ya te conté en el coche que por mucho que quisiese, no podría olvidarte. Y ahora lo que no quiero es ver cómo estas mal, me rompe el corazón. Quiero ver en tu cara una sonrisa siempre, ¿vale?

Para afirmar que había comprendido lo que había querido decir, me besó. Cada vez que sentía sus labios fundirse con los míos era como si sintiese pequeñas descargas eléctricas. Esta vez nuestros labios se tuvieron que separar porque mi móvil había empezado a vibrar. “Maldito oportuno” pensé.

-Lo siento Raquel, tengo que contestar.

-Si, si, corre, yo no me muevo de aquí –me dijo sonriendo, con el rímel todavía corrido por las lágrimas de antes.

Me dirigí fuera del local antes de contestar, pero el móvil seguía sonando, quién quiera que fuese quien estaba llamando era insistente. Cogí el teléfono, no me imaginaba quién podría ser, pero cuando miré la pantalla todo cuadró. Habría recibido el mensaje que le había enviado por la mañana y por eso me llamaba. Me preparé lo que iba a decir, quería quedar con ella para arreglar todo. La verdad es que me hacía mucha ilusión volver a ver que me llamaba “Pedroche Movil”.

domingo, 23 de junio de 2013

CAPITULO 14.


Me desperté aturdida, desorientada y feliz. Bostecé y estiré los brazos. La verdad es que no sabía muy bien donde me encontraba porque donde estaba tumbada era más duro que mi cama. Me decidí a abrir los ojos y me encontré en mi salón, tumbada en el sofá. Entonces lo recordé todo y sonreí como una tonta. ¿De verdad había pasado o solo había sido todo un sueño? Fue demasiado perfecto para ser real. Y si había pasado todo de verdad, ¿dónde estaba Dani? Me levanté del sofá y me dirigí al cuarto de baño para lavarme la cara con agua fresca y así espabilarme. Mis tripas rugieron, ¿qué era lo último que había comido? Creo que fue el sándwich con queso en el parque… Y otra vez recordando ese momento me salió una sonrisa tonta, ¿iba a ser siempre así?

Cuando pasé por el salón para ir a la cocina, me fije que en la mesa había un trozo de papel cuidadosamente doblado. Lo abrí, no recordaba que hubiese antes nada encima de la mesa. Volví a sonreír al ver lo que ponía en el papel:

Buenos días dormilona, lo siento pero hoy no te he podido preparar el desayuno, el trabajo me llamaba y tenía que grabar. Espero que no te haya despertado con el ruido. ¿Sabes? Ya te estoy echando de menos, pero tiene solución, en esta nota te dejo mi número, si quieres, llámame.
Que tengas un día precioso, Dani.

Desde luego este chico era único. Después de desayunar le llamaría sí o sí, pero es que ahora mismo me muero de hambre. En la cocina me preparé un café bien cargado y rebusqué en la despensa algo para comer. La verdad es que hacía mucho que ni Lucía, mi compañera de piso, ni yo hacíamos la compra y ya se iba notando. Conseguí rescatar del fondo del armarito unas galletas para mojar en el café. Hoy también tendría que ir a comprar algo si no me quería morir en los próximos días de hambre. Terminé el desayuno, dejé la taza en la pila y corrí al salón a por el móvil. Me senté en el sofá y tecleé su número. ¿Le iba a llamar? Quería llamarle pero, ¿y si le pillaba en mal momento?  ¿Qué le iba a decir? ¡Si ni siquiera sabía qué decirle! Respiré hondo y pulse la tecla para llamar, al fin y al cabo, si me había dejado su número era porque esperaba que hiciese eso. Puse el teléfono en mi oreja. Primer pitido, segundo pitido, tercer pitido, “este móvil se encuentra apagado o fuera de cobertura”. Mierda, no me lo ha cogido. Una desagradable sensación me recorrió todo el cuerpo. Al final eran ciertas mis suposiciones de que llamaba en mal momento, bueno, estaría grabando hay que comprender que no iba a estar esperando mi llamada todo el rato sin despegarse del móvil. Guardé su número en mi agenda, por si luego llamaba él saber quién era. Ahora que recuerdo, también tendría que llamar a Olivia, la pobre se desvivió por contactar conmigo ayer y debe estar preocupada. Busco en mis últimas llamadas recibidas, al ver la de Héctor me entra un escalofrío, ¿hasta cuándo durará su acoso telefónico? Cierro los ojos y lo olvido, mejor que mi mente esté ocupada en otras cosas. Bajo y selecciono la llamada de Olivia, pulso el botón para volverla a llamar. Me vuelvo a llevar el móvil a la oreja. Primer pitido, segundo pitido, ¿tampoco me va a coger ella el teléfono? Antes de que suene el tercer pitido y resolviendo mis dudas suena la voz aguda de Olivia por el micrófono:

-¡Raquel, cariño! ¿Dónde te habías metido? Estaba muy preocupada, ¡te iba a ir a ver esta tarde a tu casa por si te había pasado algo! ¿Cómo no me cogiste el móvil ayer? ¿Qué estuviste haciendo? ¡Oh, no me lo cuentes! Terminaste la noche del martes bien, ¿no? –habla atropelladamente y me cuesta entenderla, así que la interrumpo antes de que se quede sin saliva o se ahogue con sus propias palabras.

-Olivia, Olivia, relax, que me vas a estresar. Y no te preocupes estoy perfectamente, creo que no he estado mejor en mi vida –y mi tono de voz debió de reflejar esa felicidad, porque Olivia no tardó en suponer lo obvio.

-O sea que sí termino la noche bien para ti, ¿eh? Te pillé pillina, quiero todos todos los detalles. Sé que tienes una tarifa que te sale gratis, así que ya estás rajando todo desde el principio hasta el final.

No tengo más remedio que contarle todo, Olivia es muy insistente cuando quiere. Le cuento el principio, cómo nos conocimos en la discoteca, las risas en la mesa, el beso en la pista de baile, que ellas ya se habían ido y me ofreció dormir en su casa, lo que no llegó a pasar en su casa, aunque en esa parte ella se rió por lo que pasó y yo me puse roja como un tomate recordándolo. También le conté cuando me desperté, lo atento que fue al prepararme el desayuno, la sorpresa de la piscina y el parque y lo que al final terminó ocurriendo en mi casa. Omití el detalle de la pelea, porque no le había contado todavía a Olivia lo que había pasado en realidad con Héctor y es que, aunque fuese mi mejor amiga, no estaba preparada; ella aún creía que lo habíamos dejado estando los dos de mutuo acuerdo por la ruptura, aunque a mi me había costado un poco superarlo. Para finalizar le conté el detalle de la nota porque se tenía que ir y no me había querido despertar.

-Ohhh, que bonito, –dijo Olivia entre risas cuando terminé de narrar la historia- ¡mi pequeña Raqui se ha enamorado! ¡Y como para no hacerlo! Ese chico es perfecto. Por cierto, no me has dicho cómo se llama tu príncipe azul, ¿le conozco? ¿Es de tu barrio, un camarero…? Ese detalle no me le has dado.

Vaya. No había pensado en que obviamente Olivia le iba a conocer, ella también veía Otra Movida. ¿Cómo reaccionaría? Quería ser sincera, pero no quería que le empezase a acosar como una fan loca. Decidí confiar en ella, si no confiaba en mi mejor amiga, ¿en quién lo iba a hacer?

-Pues sí, creo que le conoces. Se llama Dani.

-Mmmm, ¿Dani el de tu portal de enfrente? No sé, no se me ocurren muchos chicos que se llamen Dani. ¿No había uno en tu anterior trabajo que se llamaba así? Ese que llevaba el pelo rubio de punta… –se la notaba desconcertada y eso me hizo gracia, no se lo imaginaría ni en años.

-Vas frío, muy frío. Te congelas. ¿Y si te digo su apellido? Martínez. ¿A qué te suena?

-Pues no caigo, cariño. El único Dani Martínez que se me viene a la cabeza es el que salía en la tele, el que tú decías que no te llamaba la atención cuando yo te decía lo mono que era.

No pude evitar reírme, esta vez con una buena carcajada. Lo que decía Olivia era cierto, nunca me había llamado la atención, y que extraño se hacía que ahora no me le pudiese sacar de la cabeza, ni a él ni a su sonrisa.

-Siento el ataque de risa, Olivia. Pero es que es increíble todo esto. –a mi amiga no le hicieron falta más explicaciones para deducir de quién se trataba.

-¿¡ENTONCES ES ÉL!? ¿¡EN SERIO!?

-Sí, pero por favor, no se lo digas a nadie. Cuando me acerqué a él no le dije que le conocía, pero ahora se lo he dicho y me lo ha perdonado, aunque lo último que querría es a mi amiga loca siguiéndonos porque él es quien es, ¿entendido?

-Claro, claro. No te preocupes que no venderé tu exclusiva a la Cuore. Palabra de Olivia.

-Me fío de ti, Olivia. Bueno se me ha hecho tardísimo y tengo que ir a comprar –dije fijándome en mi reloj de muñeca, que marcaban las 13:45- Chao, te quiero.

-Yo también te quiero, ¡y espero una próxima llamada con más detalles! –y dicho esto colgó.

Dejé el teléfono encima de la mesa. Espero que Olivia no diga nada, más le vale. Fui a mi habitación y me vestí con lo primero que pille: una falda vaquera y una camiseta, me calcé las Converse verdes y volví al salón. Recogí mi ropa, que todavía andaba tirada por el suelo y vi su camiseta roja que había llevado todo el día de ayer yo. La cogí, se la tendría que devolver la próxima vez que nos veamos, me había dicho que era su favorita. La doble cuidadosamente y la dejé en un lado del sofá. Cogí el móvil y el bolso y salí a la calle a comprar.

Hacía buen tiempo, el cielo estaba cubierto de nubes pero no amenazaba tormenta, ¿por qué parecía como si ahora estuviese viviendo otra nueva vida? Me reí cuando salí del portal, lo primero que me encontré fue la peluquería de al lado de mi casa, que siempre había estado ahí, donde siempre me había cortado el pelo. Sin embargo ahora tenía otro significado, se llamaba “Danni” y no pude evitar reírme del detalle, ahora con sólo bajar a la calle me acordaría de él. Seguí caminando calle abajo hacia el Carrefour. Compré las cosas que vi necesarias y volví a casa. Las bolsas pesaban lo suyo y aprovechando que un semáforo estaba en rojo me paré y las dejé en la acera, dando un descanso a mis dedos. Justo en ese momento sonó mi móvil, alguien me había mandado un Whatsapp. No pude evitar volver a sonreír al ver de quién era “Daniel Movil”. Decía lo siguiente:

Siento no haberte cogido el móvil, estaba en rodaje. ¿Has comido? Si la respuesta es negativa ponte mona, en media hora estoy en tu casa. Si es afirmativa arréglate igual, porque ya estoy de camino. :)

De verdad que este chico era único. Corrí a mi casa para arreglarme y dejar la compra. Tenía muchas ganas de volver a probar sus labios, de volver a ver su sonrisa.

viernes, 21 de junio de 2013

CAPITULO 13.


Entramos a su pequeño portal entre besos robados y caricias. Subimos por las escaleras hasta su casa porque vivía en un primero. Cerramos la puerta mientras los besos seguían.

Nos dirigimos al salón y nos tumbamos en el sofá. Cada vez nos besábamos con más deseo, los dos sabíamos a dónde queríamos llegar. Ella empezó a desabrocharme la camisa mientras yo iba sacando mi camiseta de su cuerpo. La besé el cuello y fui bajando hacia su pecho. Ella me revolvía el pelo. Llevé mis manos detrás de su espalda y, torpemente, desabroché su sujetador rosa de encaje. Los besos seguían, empezaban los jadeos y cada vez teníamos más ganas el uno del otro. Desabroché mi pantalón y ella se quitó el suyo, los dos volaron por los aires.

No me creía que por fin estuviese llegando ese momento. Nos dejamos llevar por la pasión, besé hasta el último centímetro de su piel. Nos desprendimos de las últimas prendas que nos quedaban y, por fin, terminamos lo que la otra noche empezamos.

Nos quedamos dormidos, abrazados y con una sonrisa en la cara. Esa noche no soñé nada, sólo era completamente consciente del sentimiento de felicidad que recorría todo mi cuerpo. Yo me desperté antes que ella y la observé, estaba hermosa. Su alborotado cabello moreno le cubría graciosamente la cara y respiraba tranquila, feliz; se veía que estaba profundamente dormida. Pasé mi brazo alrededor suyo y volví a dormirme abrazado a ella, protegiéndola. No quería separarme jamás de su lado, así era feliz. ¿No existe la opción de congelar un momento y vivirlo una y otra vez? Porque yo congelaría este preciso momento. En seguida me quedé dormido otra vez, con mi cara apoyada en su pelo, oliendo su perfume.

Volví a despertarme, pero esta vez por el sonido de la alarma de mi móvil que sonaba desde el bolsillo de mis vaqueros que estaban todavía tirados en el suelo. Corrí a apagarla, no quería despertar a Raquel.

Hoy tenía grabación y ya debería empezar a arreglarme, pero no me apetecía. Quería volver a pasar un día tan genial como el de ayer con Raquel, exceptuando la pelea del final, aunque contando la reconciliación posterior. Pero era mi obligación y, muy a mi pesar, debía ir. Me vestí rápidamente, recogiendo una por una mis prendas de ropa que estaban esparcidas por el pequeño salón de Raquel.

No me había fijado antes en la casa, estaba ocupado pensando en otras cosas, pero era pequeña y acogedora. En un lado del salón había una estantería llena de libros y un pequeño televisor, en otro lado había una puerta que comunicaría con las demás habitaciones y en el otro estaba el amplio sofá azul sobre el que ahora mismo dormía Raquel y sobre el que minutos antes también estaba yo.

Busqué por toda la casa lápiz y papel para escribirle una nota a Raquel, no quería que pensase que me había ido a traición. Y después de darle un beso en la frente y susurrarle “te quiero”, salí silenciosamente de la casa. Me subí al coche y arranqué en dirección a los platós.

Me costó salir de Fuenlabrada, ya que era una ciudad que no conocía, pero después de dar unas vueltas por fin encontré la carretera correcta. Aparqué el coche en el sitio de siempre y entré. En maquillaje ya estaba David, como siempre uno de los más madrugadores, y debió notar algo en mi cara porque me preguntó:

-Daniel, ¿qué te ha pasado? Te noto… Más rosa. –dijo entre risas.

Yo no sabía a qué se refería hasta que me pasó un pequeño espejo de mano para que me mirase. Al verlo, yo también solté una carcajada. Con las prisas, no me había dado tiempo ni a lavarme la cara y todavía tenía carmín rosa en los mofletes por todos los besos de Raquel.

-Daniel… creo que me tienes que explicar eso. –volvió a decirme David.- A no ser que quieras que saque ya mis conclusiones, que seguro que son peores que la realidad. –me dijo entre risas.

-Sí, ven que te lo explico todo en el bar. No he desayunado y me muero de hambre. –intentó negar la oferta, pero yo fui más rápido que él.- no pongas esa cara, invito yo. –después de esto sí aceptó.

En el bar pedimos dos cafés y le conté todo lo de Raquel, a excepción de la historia de Héctor, ya que sabía que ni a ella misma le gustaba contarla y también omití el hecho de que la había dicho que la quería. Sabía que David no lo entendería. La verdad es que ni yo mismo lo entendía, si me hubiesen dicho hace tres días que iba a sentir esto por alguien que ni conocía, me hubiese reído de él. Todo era tan confuso… pero es que era la primera vez que me sentía así, aunque llegase a rozar este mismo sentimiento con otra persona… Otra persona a la que, ahora que recuerdo, me había prometido llamar para arreglar las cosas. Según el sueño en mi vida habría pronto reconciliaciones y esperaba que esa reconciliación fuese con ella. Ahora sólo queda saber si los sueños aciertan o no. La llamaré después de las grabaciones.

jueves, 20 de junio de 2013

CAPITULO 12


Respiró hondo y se preparó para explicarlo todo. Yo estaba expectante, quería ver cuál era su versión para todo lo ocurrido. Y aunque doliese, quería saber la verdad.

-Dani… Si, ha habido algunas cosas en las que te he mentido. –y al ver mi cara de resignación me puso la mano en el brazo y me suplicó- pero por favor, espera a que te cuente todo y ya luego me juzgas como veas. Verás, ese número que me llamaba, “cari” es Héctor. Y si, aunque sea duro de admitir, estaba saliendo con él. Pero estaba saliendo, pasado. Hace un mes rompimos, esto no se lo he contado ni a mis amigas y no sé por qué te lo cuento a ti, pero te voy a decir todo lo que pasó por mucho que me duela recordarlo. –hizo una pausa, cerró los ojos y respiró profundamente. Yo le observaba en silencio, sin hacer comentarios. Continúo con la historia- Era una tarde de abril y llovía. Había salido pronto del trabajo y, como me pillaba cerca de su casa, decidí hacerle una visita sorpresa. Yo en ese momento estaba cegada por él, necesitaba volver a estar entre sus brazos. Caminé las calles que nos separaban debajo de mi paraguas. Resultó que su portal estaba abierto, “será más sorpresa” pensé. En que día se me ocurrió sorprenderle… Cuando llamé al timbre no se me ocurrió pensar en qué encontraría detrás de aquella puerta. Me abrió Héctor, estaba nervioso, sólo llevaba los calzoncillos puestos. Me preguntó que hacía ahí, me reprochó el no haber avisado. Yo estaba estupefacta, ¿por qué no me quería ver? No… no fue hasta que las vi. Había dos chicas… creo que eran brasileñas… Trabajaban en un anuncio que él estaba dirigiendo… Yo… yo no sabía dónde meterme. –no aguantó más y rompió a llorar. Y yo no sabía qué hacer, tenía unas ganas arrebatadoras de abrazarla, de acercarla a mi pecho y susurrarla que se calmase, pero quería que continuase. Sacó un kleenex de su bolso, se sonó y siguió- Salí corriendo de allí, no me importaba la lluvia, que mojaba mi ropa y se mezclaba con mis lágrimas. En realidad hice lo mismo que tú has hecho hoy, –era la primera vez que dejaba de mirar hacia el suelo para mirarme a los ojos- no pregunté, todo resultaba obvio, saqué mis propias conclusiones. Corrí a mi casa y allí me encerré a llorar durante días, apenas comía y no quería hablar con nadie. Apagué el móvil y lo guardé en un cajón, no soportaba ver tantos y tantos mensajes de él. Después de una semana de depresión decidí que no valía la pena estar mal por él. Cogí el teléfono y le deje las cosas bien claras. Desde entonces decidí que sería yo la que utilizaría a los chicos cuando yo quisiese, que no iba a volver a ser el juguete de nadie. Pero desde hace unas semanas, me llama todos los días diciendo cuánto me echa de menos, que me quería de verdad… Y nunca le he dado esperanzas, quería seguir siendo fría y manipuladora, quería seguir controlando a los chicos, aunque fui tonta y no cambié el nombre del contacto. Él no entendía por qué no le daba otra oportunidad, pero yo no me quería dejar volver a llevar por el amor, ¿para qué? ¿Para qué me hiciesen daño? No, gracias. Pero ha habido un problema, has aparecido tú y has roto todos mis esquemas. Martínez, esto puede sonar muy cursi, pero has puesto mi vida patas arriba en menos de un día. Dani, sé que me arrepentiré por decirte esto en estas circunstancias, en este sitio tan poco romántico y que seguramente te reirás de mí por decirlo, pero te quiero.

Me quedé en blanco. No me imaginaba esa historia. No creía que fuese así. ¿Y qué la digo yo, si he sentido lo mismo? Porque… yo creo que también la quiero. No, no lo creo, lo siento. Pero aun faltan cosas por dejar claras. Eso sí, no la quiero ver así, es que no soporto verla triste, la tengo que hacer reír.

-Es cursi. –le digo con una sonrisa. Ella suelta una pequeña carcajada, lo he conseguido. Y, al ver que mi actitud mejora, sigue sus confesiones más tranquila.

-Ahora va a sonar patético que te diga esto, pero quiero ser 100% sincera contigo, no quiero más secretos entre nosotros. Sé cómo te llamas no sólo por mi prima, yo también he visto muchos de tus programas, Daniel Martínez Villadangos. Y sonará tonto, estúpido o infantil, o las tres cosas, pero es que cuando te vi por primera vez en persona ayer, gracias a mi prima, tenía ganas de gritar y de abrazarte como todas las demás. Pero pensé “Raquel, ya eres madura para esto” y conseguí mantener la compostura. Eso sí, cuando te vi entrar en la discoteca, di mil gracias al destino y cuando fuiste a la barra no desperdicié la oportunidad. Sabía que si te decía que te conocía no me harías caso, por eso decidí hacerme la tonta. Y créeme, fue una buena decisión, no me arrepiento. Claro, ahora puedes pensar que ha sido todo para usarte, para acercarme a ti, que todo ha sido puro teatro, pero yo te digo que no. Dani, nunca había sentido algo tan fuerte. Lo siento mucho si te he molestado, espero que olvides este día pronto o puede que el destino vuelva a cruzar nuestros destinos, hasta siempre. –y despidiéndose de esta manera, abrió la puerta del coche.

No la dejé ni poner una pierna en el suelo, la agarré del brazo y la obligué a mirarme a los ojos. Sus ojos verdes me miraban, incrédulos y llorosos. Fue entonces cuando yo me liberé y dije todo lo que sentía:

-Raquel, -me reía, todo me parecía tan irreal- la verdad es que me ha dolido un poco que me conocieses y me hayas mentido, pero ahora no te puedo dejar ir. Ahora no me puedo olvidar de ti, Raquel. La verdad, es que yo siempre he sido como ese tal Héctor, yendo de flor en flor, sin pararme en pensar en compromisos ni en el daño que pudiese sufrir la otra persona. Pero contigo… Contigo es diferente. Raquel, si hoy me hubieses dado igual, te hubiese dejado sola en el parque, sin preocuparme en volver a recogerte. Pero no puedo, no me permito imaginar que alguien te haga daño y suena patético, lo sé. Respecto a Héctor… no sabes los celos que he sentido cuando me has contado cómo te sentías cuando estabas con él y si no te deja en paz, ya iré yo a decirle cuatro cositas, pero no te voy a perder. ¿Sabes por qué no te voy a perder, Raquel? Porque te quiero, y no sé si me arrepentiré de decirlo como tú has dicho antes, pero es lo que siento.

Los dos nos mirábamos, ella con los ojos encharcados por las lágrimas. Nuestras manos se habían juntado y sonreíamos como dos enamorados, como lo que éramos. No hizo falta que ninguno lo dijera, simplemente pasó, como anoche en la discoteca y nuestros labios se buscaron, ansiosos por haber estado tantas horas separados. Sujeté su cara entre mis manos y ella revolvía mi pelo, enlazando sus dedos entre mis revoltosos mechones. Subió el grado de pasión del beso, nuestras lenguas no dejaban de jugar y yo la mordía cariñosamente el labio. Queríamos acabar lo que anoche empezamos, los dos lo sabíamos. Nos miramos a los ojos y ella separó nuestras bocas lo justo para decir:

-Te mentí en otra cosa… En realidad vivo con una amiga y ella se ha ido de viaje esta semana. -y dicho esto se mordió el labio, sensualmente.

Los dos sonreímos, al final el día no acabaría tan mal. Cogí las llaves del coche y me dejé arrastrar por ella, que me llevaba de la mano corriendo hasta su portal. Creo que van a tener razón los que dicen que lo mejor de las peleas son las reconciliaciones.

CAPITULO 11

Gilipollas. He sido gilipollas. No hay otra palabra para describirme, ¿cómo ha pasado esto? Si hubiera sido como siempre, si no me hubiese encaprichado tontamente de ella ahora el dolor agudo que siento en el corazón no lo sentiría. Pero no me permitiré llorar, no puedo dejar que me vea así. Puede que sea orgullo o cabezonería, pero lo único que voy a hacer es andar deprisa, hacia el parking sin mirar atrás. No la quiero dedicar una última mirada, eso me rompería más el corazón ¿Cómo he estado tan ciego? Era lógico que una chica como Raquel tuviese novio, joder. Es más, era imposible que no lo tuviese. ¿Quién en su sano juicio no querría a una chica tan increíble como ella? Quiero gritar, correr, liberar la angustia que ahora está alojada en mi pecho. ¡Pero si sólo la conozco de hace unas horas! Ni siquiera hemos pasado un día entero juntos, ¿cómo me puede afectar esto tanto? Pero no lo puedo evitar… Esta sensación que me invade es dolorosa y sólo me produce dolor de cabeza y no me deja pensar con claridad… Al llegar al coche me siento en el asiento del conductor y liberó mi rabia dando un manotazo al volante. Joder, joder, encima me he hecho daño. Y no aguanto más, dos lágrimas de decepción y dolor salen traicioneras de mis ojos. Me llevo las manos a la cabeza y me obligo a ver las cosas con otra perspectiva.

Puede que haya malinterpretado la llamada, pensé. Hay gente que llama “cari” a su hermano o a su mejor amiga, aunque su cara… No, es imposible justificar la cara que puso Raquel al ver mi reacción y era por ese tal “cari” por el que no quería que me acercase a su móvil. La verdad es que no me esperaba esto de ella… ¿Cómo había podido engañarme? También es verdad que no le pregunté nada, lo di por entendido cuando empezó a ligar conmigo en el karaoke y a seguirme el juego. Debí preguntar antes de hacer nada… Tampoco la he dejado explicar su versión cuando ha ocurrido la llamada aunque, ¿hay algo que explicar? Yo lo veo todo muy claro. Habría discutido con ese tal “cari” hace poco y sus amigas, en un intento de animarla, la habían llevado de marcha. Ella me vio, me reconoció de la tarde anterior y hasta puede que hubiese hecho alguna apuesta con una amiga por ver si conseguía que la llevase a mi casa. Y lo había conseguido, había caído en sus redes como un pez que nada en el mar tranquilo y sin preocupaciones hasta que le capturan. O puede que hubiese otra explicación y yo me estuviese montando el mayor de los dramas.

Conduciendo por la carretera, aunque con la mente en las nubes, me doy cuenta de que Raquel no tiene como volver. A veces me pregunto cómo puedo ser tan blando, cómo me afecta tanto una mirada desamparada o una chica que no tiene cómo volver a casa, aunque esta hace cinco minutos me hubiese roto el corazón, pero decido dar marcha atrás al camino ya hecho y regresar al parque a buscar a Raquel. No la quiero imaginar haciendo autostop para volver a casa y que la coja cualquier indecente en su coche. Ese sentimiento de protección hacia ella sigue tan presente en mí como la noche anterior.

Cuando llegué a la entrada del parque me encontré a Raquel sentada en uno de los escalones, con la cara enterrada en los brazos y el pelo alborotado. Llevaba el bolso en un hombro, descolgado. Cuando me acerqué a ella levantó la cabeza y vi como sus ojos rojos e hinchados, por haber estado llorando, me observaban. Algunas lágrimas todavía surcaban sus mejillas. Me pregunté si se notaría que yo también había estado llorando y, aunque me dolía en el alma verla así, intenté usar un tono neutro y seco cuando la dije que subiese a mi coche, que la llevaba a casa. No podía volver a caer en sus truquitos, era ella la que había estado mintiendo, y no iba a ser yo quien se arrastrase para solucionar el problema. Haría como si sus lágrimas no me doliesen.

Subimos en silencio, cada uno en su asiento y nos abrochamos los cinturones. El silencio era sepulcral y la tensión se podía cortar con cuchillo mientras emprendíamos el camino de regreso a su casa. Decidí poner música. Sonaba ‘En mis venas’ de Supersubmarina a todo volumen por los altavoces del coche. Mis lágrimas amenazaron con volver a escapar y tuve que hacer un gran esfuerzo para retenerlas ante Raquel, pero es que esa letra, esa canción, me recordaba a todo lo que estábamos viviendo justo ahora:

Ahora da la sensación
de que todo está en mis venas.

Circulando en mi interior
retorciendo mis arterias.
 
Se quedó grabado a hierro
en las yemas de mis dedos,
protegiéndome del roce
del contacto con tu fuego.

Porque nada vale nada
en un lado o en el otro
se equilibra la balanza
y duele todo, tanto todo.

En un lado todo el daño,
todo lo bueno en el otro.
Pero tú nunca en el centro,
siempre haciendo algún destrozo.

Y ya no puedo coserme,
reinventarme ni quererme.
Ha sido todo tan raro,
sucedió todo tan fuerte.

Ahora da la sensación
de que todo está en mis venas.
Ley de la gravitación,
y al caerme me repongo.
Proyectándome hacia el cielo,
busco aire, encuentro polvo.

Porque nada vale nada
en un lado o en el otro.
Se equilibra la balanza
y duele todo, tanto todo.

En un lado todo el daño,
todo lo bueno en el otro.
Pero tú nunca en el centro,
siempre haciendo algún destrozo.

Y ya no puedo coserme,
reinventarme ni quererme.
Ha sido todo tan raro,
sucedió todo tan fuerte.

No aguanté a que terminase, tuve que quitar la música en mitad de la canción. Raquel me miró extrañada por el brusco gesto, pero yo fije la mirada en la carretera sin decir palabra. Ella volvió a mirar por su ventanilla. En realidad no sabía a dónde tenía que dirigirme, Raquel sólo me había dicho que se mudó a Madrid de pequeñita, pero Madrid es muy grande. Y aunque me fastidiase, tuve que hablarle para preguntarle a dónde la tenía que llevar.

-¿Dónde vives? –mi tono seguía siendo seco, y se notaba el enfado que no se me había pasado. ¿Por qué me comportaba como un niño pequeño que se enfada?

-En realidad no vivo… en Madrid centro –me respondió entre sollozos, como siguiese así iba a conseguir romperme el corazón de verdad- vivo en Fuenlabrada. Cer...Cerca de la estación… Donde el centro comercial… Calle de Italia

Me reí con la respuesta. Había habido una chica en el espectáculo de la tarde pasada que venía de Fuenlabrada y me había reído por cómo son allí pero ni en mil años me hubiese imaginado que Raquel se había criado en esa ciudad. Una sonrisa se me escapó por la coincidencia.

Llegamos a su portal después de que me diese las indicaciones correctas y de dar varias vueltas porque no sabía cómo llegar. Aparqué el coche enfrente y esperé a que se bajase. Ella se desabrochó el cinturón lentamente y cogió el bolso. Se notaba que no sabía muy bien qué hacer: ¿darme dos besos? ¿Salir pegando un portazo? La verdad es que yo tampoco sabía qué hacer y la situación era muy tensa. Ella fue la que rompió el silencio.

-Daniel… Por favor, deja que me explique. –me dijo con ojos llorosos otra vez.

No me quise ablandar, no sé por qué pero esto me había dolido mucho y exploté.

-¿QUÉ QUIERES EXPLICAR? ¡¿QUÉ YA TENIAS NOVIO Y SOLO HAS ESTADO JUGANDO CONMIGO?! ¡¿CUÁNTAS MENTIRAS ME HAS CONTADO, RAQUEL?! –después de esto se veía en ella una expresión de temor y sorpresa. No se esperaba esta reacción, y la verdad es que yo tampoco me esperaba su respuesta.

-DANIEL MARTÍNEZ VILLADANGOS, ¡ME PUEDES DEJAR EXPLICARME POR FAVOR!

Me quedé mudo. ¿Cómo sabía mi nombre completo si decía que no me conocía? Y ese carácter, ¿de dónde lo había sacado? Nunca la había visto así en las horas que había pasado con ella. Siempre se había mostrado tan tímida, enrojeciendo con nada… ¿Y ahora qué se supone que tengo que pensar? Esto es tan lioso… Creo que lo mejor es que ella lo explique, así que la doy la oportunidad:

-Adelante, habla. Soy todo oídos.

martes, 18 de junio de 2013

CAPITULO 10

Mientras Dani conducía miré el móvil. Milagrosamente conservaba algo de batería y, en cuanto lo encendí, varios mensajes notificando llamadas perdidas aparecieron en la pantalla. La mayoría eran de Olivia, que me habría llamado por la mañana para saber lo que había hecho después de la fiesta. La llamaré esta noche, tengo mucho que contarle. Luego había algunas llamadas de mis padres, a ellos les llamaría en cuanto llegásemos a no se sabe donde me llevaba Dani, y les diría que no se preocupasen, que había dormido en casa de una de mis amigas y que hoy habíamos salido de compras y a comer por ahí, no estaba preparada para contarle a mi madre nada sobre Dani, sabía que le reconocería por mi prima, que no paraba de hablar de él y que se pondría en plan loca. Y por último había una llamada, la más reciente, de alguien que al leer el nombre me entro un escalofrío. Era de “Cari” y había llamado a las 13:39. Ahora eran las 13:45, y recé porque no volviese a llamar. ¿Por qué tenía que hacerlo todo tan complicado? ¿Es que Héctor sólo sabe dar problemas? Escondí rápido el móvil para que Dani no sospechase nada y recé porque no se me notase mucho y mi cara de susto ya se hubiese borrado.

Condujimos unos 15 minutos, en los que me dediqué a mirar por la ventana. Árboles y farolas se hacían borrosos a nuestro paso; vi la luna en el cielo, blanca, con la forma de una sonrisa. Intrusa en un cielo de mayo despejado. Pensé cuántas veces de pequeña había creído que la luna siempre sigue a los coches. ¿Dónde quedaría esa infancia sin preocupaciones?

Entre pensamientos, recuerdos y paisajes difusos llegamos al destino. Dani aparcó el coche y salimos de él. Al bajar, una ráfaga de aire puro alborotó mi pelo. Respiré hinchando los pulmones y, mientras Dani me abraza por detrás la cintura, expiré con un soplido de felicidad. Me encantaba el campo, y no sé cómo lo había conseguido saber Daniel o cómo lo ha adivinado, pero no dude en regalarle un apasionado beso como gratitud, girando mi cabeza hasta que nuestras bocas se encontraron. Cuando separamos me miró sonriente mientras decía:

-¿He acertado entonces con el lugar, no?

-Es perfecto- le susurré.

Y cogidos de la mano entramos en el parque. Era muy grande y tranquilo, poca gente lo debía conocer, porque sólo nos encontramos con varias parejas, un grupo de ancianos y una excursión de un colegio que habían decidido enseñar las maravillas naturales a los más pequeños. Se notaba por la decisión que tenía al elegir los caminos, que Dani ya había estado aquí, y curiosa por saber cómo había llegado a descubrir ese trocito de tranquilidad lejos del ajetreado centro de Madrid, se lo pregunté:

-No es la primera vez que vienes aquí, ¿me equivoco, Martínez?

-La verdad es que no. Te voy a contar un secreto- dijo acercándose a mi oído- este es mi sitio preferido para desconectar, a veces ser conocido es muy duro, y aquí casi nadie te para o te pide algo. Es el lugar perfecto para perderse.

-¿Y por qué me cuentas esto? Ahora ya no es secreto…-dije tímida, sabiendo que sería la primera a la que traía aquí.

-Por lo último que he dicho. Este es el lugar perfecto para perderse, y no se me ocurre otra persona mejor que tú para acompañarme en mi perdición.

Esto último me emocionó, y los ojos se me pusieron vidriosos. ¿Qué estaba haciendo? ¿A qué estaba jugando? Y lo más importante… ¿qué estaba sintiendo? Todo en mi interior era un lío y daba vueltas. No solía encapricharme con nadie por miedo al rechazo, desde lo que pasó hace unos meses casi no había querido saber más de los tíos. Pero ahora… Ahora a cada palabra que Daniel decía el corazón me daba un vuelco, y cuando sus labios rozaban los míos, cuando querían jugar y no soltarme, entonces notaba como las pulsaciones me iban a mil por hora, y más que mariposas, sentía un grupo furioso de todas ella en mi estómago. Siempre me han dicho que eso es lo que sientes cuando has encontrado a tu media naranja, cuando te estas enamorando. Y por mi cabezonería y manera de ser me negaba a aceptarlo. Había quedado conmigo misma que nada de tíos que lo único que buscan es un cuerpo bonito con el que pasar la noche, para al día siguiente pisotearte como si de un desperdicio se tratase. Es más, había quedado en hacer yo eso, en ser yo quien les utilizase. Y, aunque me avergonzase mucho admitirlo, era por eso por lo que me había acercado a Dani en el karaoke, porque desde  un principio me había sentido atraída físicamente por él. Pero ahora… Ahora estaba segura que no sólo era físico lo que sentía, había algo más. ¿Cómo puedes descubrir en menos de 24 horas que un chico es tu príncipe azul? Es que Dani lo tenía todo: divertido, un pelín romántico e innegablemente era muy atractivo. Lo único malo era la pena de que fuese conocido, por eso sabía que no me tenía que hacer ilusiones. Seguramente esta tarde me despediría de él y no volvería a verle a no ser que pusiese la tele y saliese o le escuchase en la radio.

Me limpié rápidamente las lágrimas transparentes que rodaban por mis mejillas. Esperé que no se hubiese dado cuenta y seguimos caminando tranquilamente, de la mano, contando historias, anécdotas y chistes. Como una pareja normal.

Llegamos a un prado en cuyo extremo había un chiringuito donde vendían bebidas frías, sándwiches, helados… Dani me preguntó qué quería y yo le respondí que un sándwich de queso. Mientras él se iba a por la comida, yo me acomodé a la sombra de un sauce que estaba en medio del prado, apoyada en su rugosa corteza. Cerré los ojos. Era curioso que la primera imagen que me viniese a la mente fuese él sonriéndome con su deslumbrante sonrisa y sus profundos ojos verdes mirándome. Abrí los ojos, todavía estaba en el bar esperando. Me reí, ¿qué me pasaba? Le observé mientras, haciendo equilibrios, conseguía coger las dos latas de Coca-Cola, la mía Light, y los dos sándwiches y los traía hasta mí. Dejó todo en el suelo y empezamos a comer. Todo iba como siempre, con las risas predominando en el ambiente y regalándonos besos con sabor a queso. Al terminar de comer nos tumbamos bajo la sombra del viejo sauce y buscamos figuras en las nubes, pero el sueño me terminó venciendo y me dormí allí mismo, apoyada en el pecho de Dani, mientras él me acariciaba el pelo.

Me desperté sobresaltada por el tono de móvil. Fui a por mi bolso, pero vi que Dani ya lo tenía en la mano.

-Ya lo iba a coger yo, no te quería despertar. Estás tan mona cuando duermes…-me dijo

-No, no, no me gusta que cojan el móvil por mí. Por favor, dámelo.

-Ah, ósea que no te fías de mí. ¿Cuántos secretos ocultas en tu IPhone?- me dijo picándome mientras el móvil no dejaba de sonar.

-Dani, por favor, este juego no me gusta- le reprochaba cada vez más nerviosa y enfadada.

Los dos forcejeamos con el bolso, pero él tiró más fuerte y, siguiendo con el juego, sacó el móvil del bolso. No me imaginaba quién podía ser, él tampoco. La verdad es que yo estaba casi segura de que sería Olivia ansiosa por saber cómo terminó la noche para mí. Pero cuando vi su cara, mezcla de decepción, confusión y engaño, estuve 100% segura de qué nombre se reflejaba en la pantalla y me sentí completamente abochornada.

No me dio tiempo a excusarme, arrojó el móvil y mi bolso al suelo y se fue andando con paso decidió a la salida mientras yo me quedaba allí, sentada en el césped, con los ojos llenos de lágrimas y el corazón roto. Por esto era por lo que no quería encariñarme demasiado. Misión fallida, ya era tarde, mis lágrimas hablaban solas.

lunes, 17 de junio de 2013

CAPITULO 9


Conduje despacio, cuidadoso, con la vista fija en la carretera, aunque a veces en los semáforos no pudiese evitar girarme para observar a Raquel, que seguía con el pañuelo alrededor de los ojos. Ya se había calmado y llevaba todo el viaje en silencio, no sé si sería porque no quería hablar conmigo o porque había vuelto a dormirse.

Sumidos en el silencioso viaje llegamos a nuestro destino, y la avisé con un cariñoso golpecito en el brazo:

-Raquel… Que ya hemos llegado, venga.

-¿Pero me puedo quitar el pañuelo ya o no?- me contestó rápidamente, señal de que no había pasado el viaje dormitando.

-No, esto será sorpresa hasta el final- y después de un rápido y cariñoso beso en los labios, la ayudé a salir del coche.

Nos dirigimos hasta la recepción del edificio, donde hable con la chica que estaba detrás del mostrador. Ella me dio las indicaciones necesarias y nos hizo pasar hacia un pasillo. Ahí nos tendríamos que separar antes de volver a vernos en el esperado lugar. La verdad es que estaba poniendo mucho misterio a algo que tampoco era gran cosa.

-Bueno Raquel, ya puedes quitarte el pañuelo, pero antes- le dije mientras le detenía en su rápido movimiento por deshacerse de la prenda- quiero que me sorprendas, ¿dónde crees que estamos?

-Pues… Me he fijado que está cubierto, porque hemos entrado por una puerta y aquí dentro hace calor. Además huele, ¿húmedo? Lo único que se me ocurre… no puede ser.

-Me vale, buena descripción para haberla hecha a ciegas, ya te lo puedes quitar.- Y suavemente, deslicé el nudo que ataba el pañuelo a su cabeza.

La cara de Raquel pasó de sorpresa a duda, y no conseguía muy bien distinguir dónde estábamos porque me pregunto:

-Dani, ¿qué se supone que es esto?

-Veo que las adivinanzas no son tu fuerte- dije entre risas- A ver, te dije que no necesitarías ni camiseta ni zapatos, hay humedad y hace calor… Venga preciosa, que no es tan difícil.

-¿Estamos en una piscina?-dijo aún más sorprendida- ¡Pero si no tengo bañador! ¿Qué quieres que me ponga?

Y entonces fue cuando saqué de la mochila un paquetito dorado, envuelto con un lazo rojo. Y se lo di, mientras le guiñaba el ojo y le decía:

-No te preocupes, que para eso estoy yo en todo.

Raquel estaba cada vez más sorprendida, con los ojos como platos. Desenvolvió cuidadosamente el  envoltorio y sacó de él un bikini azul cielo, decorado con dos lazos en la parte de abajo y liso por arriba. Se lo probó por encima y comprobó que era de su talla. Entonces, todavía con tal sorpresa que no articulaba bien las palabras, me pregunto balbuceando:

-¿Co... Cómo has sabido? Si nos conocimos ayer. Es imposible.

-La verdad es que el bikini no era para ti, lo tenía en casa. Me alegro de que sea tu talla, estaba dudándolo.

-¿Y me debería preocupar por el hecho de que tengas bikinis de tía en tu casa o es una cosa normal entre cómicos?- me preguntó entre risas.

-No, no…-Ahora era yo el que me reía por lo ridículo de la situación- La verdad es que era un regalo para mi prima, pero ya se me ocurrirá otra cosa. Ahora corre, cámbiate, que nos van a cerrar.

-¡Uy Martínez! ¡Muchas ganas tienes tú te verme con poca ropa! -dijo de camino al vestidor, girándose y guiñándome un ojo, como siempre hacía yo con ella, mientras andaba marcando mucho las caderas, provocándome. “Esta chica es única” pensé.

Yo también me fui al vestidor y rápidamente cambié mis vaqueros por el bañador de rayas verdes y blancas que había cogido y metido en la mochila. Me quité a la camiseta y antes de salir me miré en el espejo. Llevaba el pelo más alborotado de la cuenta, con las prisas ni me había peinado. Me quedé pensativo frente a mi reflejo, ¿me merecía a alguien tan increíble como Raquel? Es que era la chica perfecta que todo hombre desearía: atractiva, graciosa y un pelín tímida, cosa que la hacía irremediablemente deseable. ¿Y yo? Sólo era un chico que había saltado a la fama hace relativamente poco, desgarbado y normal. La verdad es que no encontraba motivos suficientes como para que Raquel quisiese pasar más de hoy a mi lado. Porque cuando acabase el día, ninguno sabría qué hacer después. “Aunque para eso todavía quedan muchas horas”, pensé. Así que decidí no hacer esperar más a Raquel y fui hacia la puerta donde había un cartel que ponía ‘PISCINA’ en grandes letras rojas. Empujé la puerta y busqué a Raquel entre la multitud.

La encontré mirando el agua desde uno de los bordillos. El bikini le sentaba de muerte y realzaba las curvas que hasta ahora había escondido bajo la ropa. Me acerqué sigilosamente, con el mayor cuidado para que no me descubriese y cuando ya estaba a pocos centímetros de ella, la agarré por la cintura y juntos saltamos al agua.

Salimos pataleando hacia la superficie, nos miramos y comenzamos a reír. Ella me salpicó con el agua y yo la respondí con una cariñosa aguadilla. Cuando la deje salir del agua, nadamos al bordillo y nuestros labios se juntaron. Era como si nada existiese mientras nuestras lenguas jugaban. Y así pasamos la mañana, entre risas, agua y besos. Las muestras de cariño, con Raquel subida a mi cintura, se mezclaban con aguadillas que terminaban en risas. Raquel me demostró su hábil salto de cabeza, que hasta sabia terminar en media voltereta. La verdad es que era como una caja de bombones: dulce y no sabías lo que te podías esperar de ella.

Habrá a quien una piscina no le parezca lo más romántico del mundo, yo pienso que depende de las personas. Y Raquel hacía de cualquier lugar un sitio especial.

Cuando ya creímos que íbamos a convertirnos en pasas salimos de la piscina. Cada uno se fue a su vestidor y se cambió. Yo cogí la otra camiseta de la mochila, una blanca con dos zapatillas doradas que me habían regalado el día anterior, y cambié otra vez el bañador por los vaqueros.

Esta vez cuando llegué a la puerta donde habíamos quedado, llegué yo primero, pero Raquel no tardó en llegar. Aunque seguía con mi camiseta roja, se había hecho con unos vaqueros cortitos en la tienda de al lado. Nos cogimos de la mano como una pareja que llevase saliendo meses y nos dirigimos a mi coche. Una vez subidos, Raquel me preguntó:

-¿Éste era tu sorprendente plan? Porque me ha encantado.- a lo que añadió su más deslumbrante sonrisa de sinceridad.

-Me alegro de que te haya gustado, pequeña.- le respondí- Pero el día no ha hecho más que empezar.

Y dicho esto puse al coche rumbo a la siguiente parada.

sábado, 15 de junio de 2013

CAPITULO 8


Desayunar con Raquel era una delicia. No mentiría si dijese que fue uno de los mejores desayunos de mi vida. Pasamos el rato entre besos con sabor a café y juegos de galletas. Momentos para grabar y así poder vivirlos mil veces más. ¿Por qué Raquel estaba teniendo este efecto sobre mí?

Ya había pensado en todo lo que íbamos a hacer hoy. Sólo quedaba que Raquel me dijese su respuesta. Mientras mojaba la última galleta en su café, le volví a hacer la pregunta:

-¿Ya has decidido si te vas a dejar raptar por mí o vas a huir en esta mañana de mayo dejándome sólo y desamparado?

Ella casi se atraganta con la galleta de la risa tonta que le entro mientras se volvía a poner roja. Me hacía mucha gracia cuando se ponía así, ese detalle en el bar había pasado desapercibido por la poca luz y el efecto del alcohol, pero me encantaba. Me hacía tener un instinto protector sobre ella, como si fuese una niña pequeña a la que había que proteger de todos los peligros de esta dura vida.

-¿Quieres la verdad o una historia que me invente?- me dijo pícara, repitiendo las palabras que yo había usado con ella.

-Sorpréndeme con la historia- le piqué, sonriéndola mientras ella enrojecía cada vez más. No se esperaba esa respuesta.

-Pues… Podría decirte que tengo trabajo y entro en una hora- dijo mientras  inclinaba su cuerpo sobre la mesa y se acercaba cada vez más a mi- o que en dos horas sale mi vuelo porque tenía un viaje planeado para hoy- cada vez estaba más cerca, nuestras narices se rozaban, y ella terminó la frase susurrando- o simplemente te podría decir que no me fío de ti.

Con esto último se alejó rápidamente de mí, dándome un cariñoso golpecito en la nariz y dejándome con la boca medio abierta y embobado completamente. Tardé en reaccionar, pero al final le respondí:

-¿Es esa su última respuesta, señorita?

-No, esa es la respuesta que usted ha querido oír, señor. La mía era que por mí, iría con usted al fin del mundo.

Y esta vez mi reacción no fue lenta. Ahora fui yo el que se inclinó y la besó en los labios, lenta y dulcemente, con sabor a café y galletas. Naranja recién exprimida y sentimientos a flor de piel. Como dos adolescentes.

-¿Entonces a qué fantástico lugar me va a llevar, señor Martínez?

-Mejor que sea sorpresa, ¿no?- dije agarrándola y llevándola de la mano al salón. – Espera aquí- le dije cuando estaba en medio del salón.

Corrí a mi habitación y busqué por todo el armario, ¿dónde los había metido? Por fin los encontré y metí uno en una mochila, junto con otra camiseta. Abrí otro armario, ¿y el regalo? Juraría haberlo metido aquí… Si, lo encontré y también lo metí en la mochila. Recé porque le valiese, aunque yo juraría que sí. Regresé al salón cargado con la mochila.

-¿Nos vamos?- la dije empujándola suavemente hacia la puerta de salida.

-¿Cómo me voy a ir con estas pintas? Te recuerdo que llevo sólo una camiseta tuya a modo de vestido y los zapatos de anoche, me van a llamar loca.- me reprochaba con cara sorprendida por mis prisas, mientras mis ojos volvían a recorrer su vestimenta. La verdad es que estaba muy sexy, y que se pusiese mi camiseta me hacía sentir ganas de agarrarme a ella para besarla y no soltarla nunca más.

-No te preocupes, donde vamos no necesitarás ni la camiseta ni los zapatos- la dije guiñando el ojo- Vamos, confía en mí.- Aunque no sé si esta respuesta, aparte de volver a subirle los colores, sirvió para ponerla aún más nerviosa. La verdad es que es lo que pretendía.

Antes de salir por la puerta se me ocurrió una cosa. Le dije que me esperase un minuto en el pasillo y fui a mi habitación. Volví corriendo con un pañuelo en las manos. Ella me miraba con más sorpresa y confusión que antes.

-Ah no, eso sí que no. Odio que me tapen los ojos- refunfuñó.

-Veeeenga, Raquel. Fíate de mí.- dije poniendo la carita de un niño que no ha roto un plato en su vida, aunque en mi caso fuesen muchos los platos que llevaba rotos.

Antes de que respondiera, le di la vuelta y coloqué el pañuelo sobre sus ojos. Pasé mi mano rápidamente por delante suya para comprobar si veía algo, aunque sus gritos y movimientos ya delataban que no, y fugazmente la besé. Cuando me separé de ella, sus labios seguían buscando los míos, y me reí por su gesto.

-Venga, cuanto antes lleguemos, antes te volveré a besar, que sé que lo estas deseando.- dije entre risas

Y  torpemente, porque Raquel se negaba a dar más de dos pasos sin pararse para asegurarse de dónde estábamos, aunque yo le susurrase mil y una vez al oído que confiase en mí y sujetase con mis manos sus hombros, llegamos al coche. Le abrí la puerta del copiloto y le ayude a sentarse. Luego fui yo al asiento del conductor y arranqué el motor. Antes de ponernos en marcha, ella volvió a preguntar:

-¿Dónde me llevas? ¿Me tendría que asustar?

A lo que yo me limite a responder una vez más:

-Fíate de mí, princesa.

viernes, 14 de junio de 2013

CAPITULO 7


Que sueño tenía. ¿Dónde estaba? Esta no era mi casa… Entonces me vinieron recuerdos de la noche pasada: estaba con mis amigas en un karaoke, pero me había encontrado con un chico y había tonteado un poco con él, ¿ahora estaba en su casa? Oí ruidos de una ducha que me confirmaron que efectivamente, no estaba sola. ¿Qué hora sería? Mire mi reloj de pulsera: las 10:35. Era pronto… qué pereza me daba salir de la cama, aunque todavía llevase puesto el vestido de la noche pasada.

Oí como la ducha cesaba y se abría la puerta del cuarto de baño. Distinguí las pisadas acercándose al cuarto en el que yo estaba y decidí que lo mejor sería hacerse la dormida. Cuando noté que Dani ya estaba dentro de la habitación, me permití espiarle con un ojo. Llevaba una toalla alrededor de la cintura y el torso sin camiseta. Le observé mientras rebuscaba en sus cajones en busca de algo, hasta que sacó una camiseta de algodón azul marino. Llevaba el pelo graciosamente desaliñado, de esa forma tan graciosa que se les queda a los chicos después de mojárselo. Estaba perdida en cada mechón de su pelo, cada trazo de su piel, que casi me pilla observándole cuando él se giró. Noté que me observaba y que, poco a poco abandonaba la habitación.

Me quedé en la cama tumbada pensando en la noche pasada, la veía borrosa. Recordaba nuestro choque en la barra, la charla en la mesita, cómo sus labios rozaron los míos por primera vez en la pista de baile con Malú y Pablo sonando de fondo, pero a partir de llegar a su casa solo recordaba besos, pasión y… no conseguía recordar lo que paso. ¿Llegamos a hacer algo? ¿Por qué él no había dormido conmigo? No entendía muchas cosas por la falta de detalles y me empezaba a doler otra vez la cabeza cuando un agradable y mañanero olor a café me encandiló. Qué amor, me estaba preparando el desayuno.

Decidí que ya era hora de levantarse, pero no podía salir a su encuentro con estas pintas, pensé mientras observaba mi vestido rosa, que estaba arrugado y sudoroso. Me tomé la libertad de buscar en sus cajones y cogí una camiseta de algodón como la que había cogido él, solo que de color roja con unos dibujos en blanco. Al ser yo más bajita, la camiseta me venía como un minivestido, muy sexy. Estaba segura de que le encantaría. Y así, descalza y con una camiseta suya que, por cierto, olía a su perfume cosa que me enamoraba, salí a su busca por una casa que no conocía. Aunque la verdad es que fue fácil de encontrar, porque nada más abrir la puerta que separaba las habitaciones del salón, allí estaba él. Me esperaba con una sonrisa de oreja a oreja, esa perfecta sonrisa que se me había grabado en la mente y que no había salido de mi cabeza en toda la noche, y con una mirada que expresaba duda. No sabía cómo iba a responder. La verdad es que yo tampoco sabía muy bien qué hacer. Pero mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro y se lanzó a sus brazos. Él me recibió sorprendido, pero al igual que mi cuerpo, el suyo tampoco tardó en reaccionar y nuestras bocas se juntaron como si de dos imanes se tratasen. Parecíamos más una pareja que llevaban meses separados que dos, ¿dos qué? En realidad éramos dos desconocidos que se besaban. Sólo dos personas que habían coincidido en un karaoke, pero que habían encajado como dos piezas de un puzle. Que parecían predestinados  el uno para el otro. Como hechos a medida. ¿Y por qué decía esto? Apenas le conocía… Pero solo podía pensar en que era el hombre de mi vida mientras su lengua jugaba con la mía.

Cuando nos separamos, nos miramos a los ojos. ¿Por qué tendría unos ojos tan perfectos? Esos ojos verdes que me cautivaban, me hacían flotar y me hacían abandonar el universo. “Raquel, concéntrate, estas quedando como una boba” me dije.

-Bueno, ¿tendrás hambre, no?-se atrevió a romper el silencio él.

No me dio tiempo a responder, mi estómago lo hizo por mí. Él se rió y yo enrojecí al minuto de vergüenza. La verdad es que la noche pasada el alcohol me envalentonó mucho, pero yo era súper tímida, y esas cosas me superaban.

Llegamos a la cocina y me descubrió el banquete, un plato lleno de fruta, otro de galletas y bizcochos, café y zumo. Dios, este chico estaba en todo. Caballerosamente me ofreció una silla y yo me senté, cruzando las piernas para que su larga camiseta no dejase al descubierto mis braguitas rosas de encaje. ¿Por qué ahora era tan pudorosa? ¡Si todavía no sabía ni lo que había llegado a hacer anoche!

Cogí unas pocas cerezas del plato de la fruta, la verdad es que agradecía que hubiese fruta porque con la operación bikini, aunque las galletas pareciesen muy tentadoras no se podían permitir. Fue él otra vez el que rompió el incómodo silencio:

-Mira que tengo camisetas y has cogido mi favorita. Pero oye, que te queda mejor a ti.-me dijo mientras me guiñaba el ojo

Otra vez enrojecí. “Torpe, torpe” pensé. Contéstale, no vaya a pensar que te ha comido la lengua el gato mientras dormías.

-Gra..Gracias- dije entrecortadamente. ¿Qué me pasaba? “No, Raquel, asi no vas a ningún lado. Venga ese valor arriba” pensé para mí misma- Oye Dani, sé que suena raro pero, ¿qué pasó anoche?

Como respuesta obtuve otra de sus carcajadas, esta vez más escandalosa. Mis mofletes volvieron a coger color. ¿Por qué hacía eso?

-¿Quieres la verdad o una historia que me invente?- dijo entre risas, picándome. Y al ver que volvía a enrojecer y cruzaba los brazos como una niña enrabietada, me beso en la frente y me susurró- Estás preciosa cuando te sonrojas.

Tenía ganas de gritar. Qué desesperación. ¿Tan malo fue lo que pasó anoche? ¿Hasta dónde llegamos? AH.

-Dani… por favor, lo necesito saber.

-Bueno, la verdad es que te quedaste dormida. El alcohol no te sienta muy bien, ¿eh?

Ay mi madre. ¿Me quedé dormida? Ahora me sentía avergonzada. Pobrecillo.

-Ay, no sabes lo que lo siento.- dije, y la verdad es que estaba siendo muy sincera.

-No pasa nada, Raquel-me dijo volviéndome a guiñar el ojo y volviéndome a matar de amor en el acto- Ahora desayuna, que tengo una cosa preparada. Claro, si te apetece confiar de nuevo en este extraño.

No contesté, ¿qué locura se le habría ocurrido? La verdad es que me esperaba cualquier cosa.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
¿Os gusta más narrado por Dani o por Raquel? Por favor votad en la encuesta, comentad o decídmelo por Twitter. Vuestra opinión es muy importante para mi. MIL GRACIAS POR LEERME <3

CAPITULO 6


Volví a abrir los ojos. Las 10:30 de la mañana. Esta vez no había tenido ninguna pesadilla, pero seguía recordando lo que tenía pensado prepararle a Raquel. Salté del sofá con energía y me dirigí al baño. Allí me asee lo menos ruidoso que pude, no la quería despertar antes de tiempo.

Entre en mi habitación, donde comprobé que ella seguía durmiendo sobre mi cama. Tenía dibujada una sonrisa en el rostro y me pregunté qué soñaría. ¿Estaría soñando con nosotros? Me encantaba pensar que sí, aunque fuese una locura. Embobado observando cada milímetro de su cuerpo, que se escondía tras la colcha, me di cuenta que o me daba prisa, o me pillaría antes de terminar la sorpresa. Cogí rápidamente mis vaqueros y una camiseta de algodón que es a por lo que había ido a la habitación y, tras echarle de nuevo otra dulce mirada, salí en dirección de a la cocina.

Encendí la cafetera y preparé café. Mientras se hacía y un delicioso olor se extendí por la casa, exprimí unas naranjas para hacer zumo y en un plato preparé fruta: cerezas, naranjas y manzanas, mientras en otro ponía galletas y bizcochitos. Quería que fuera un gran desayuno, teníamos que coger fuerzas para el día que nos esperaba.

Esperé hasta que Raquel despertarse sentado en una silla. Volví a recordar el sueño que había tenido. ¿Qué significaría? Sentí tanta curiosidad que terminé buscándolo en Google. Tecleé “significados de los sueños” y cliqué en el primer resultado. Era una página un poco liosa, pero al final investigando descubrí que había que cliquear en la letra por la que empezase la palabra clave del sueño. ¿Cuál era la mía? ¿Abandono? ¿Desamor? ¿Engaño? ¿Traición? Me decanté por la opción de “desamor” por ser la más amplia y la que mejor explicaba el sueño, asi que clique en la D. Baje el cursor hasta dar con la palabra “Desamor”, pero nada, la palabra no existía en el diccionario de los sueños. Probé con “abandono”. En la palabra abandonar, encontré la siguiente explicación del sueño: “Si sueña que le están abandonando significa, que la gente que tiene alrededor le adora y habrán reconciliaciones.” Ósea que no era malo el sueño… Pensé en con quién me podría reconciliar y sonreí. La verdad es que entre nosotros las cosas no habían acabado muy bien, pero yo si creía en la reconciliación, aunque ahora sólo fuese para ser amigos, porque Raquel me había tocado el corazón más rápido y con más fuerza que nadie lo había conseguido antes. De todas formas, viendo esto del sueño, puede que me animase a llamarla un día de estos, pero sin que Raquel estuviese cerca. No quería que pensase nada raro. Y es que, aunque nos conociésemos ayer, no estaba dispuesto a perderla. En poco tiempo se había convertido en mucho para mí.

Justo cuando dejaba el portátil encima de la mesa y estaba a punto de encender la tele, oí ruidos en la habitación. Raquel se debía acabar de despertar, y no podía imaginar lo que tenía pensado para hoy. Ahora lo único es si ella estaba dispuesta a aceptar el plan. Esperé impaciente a que su cuerpo atravesase la puerta del salón. Quería volverla a ver sonreír y, sobre todo, volver a probar sus labios.

miércoles, 12 de junio de 2013

CAPITULO 5


Entramos a mi casa entre besos y achuchones. Ella me tenía cogido del cuello. Yo a ella de la cintura. Como en la discoteca, rememorando la primera vez que nuestros labios rozaron, aunque esta vez los besos eran más fuertes, con pasión, con deseo. Cerré de una patada la puerta y nos dirigimos a mi habitación. Ni en mis mejores sueños habría pensado que esta noche iba a acabar así. La chica de los ojos verdes, Raquel, en mi casa. Di gracias a que hoy había hecho la cama y, suavemente, ella se extendió sobre la colcha azul que la cubría. En sus ojos se mezclaban deseo, cansancio y alcohol. Me incline sobre ella, cubriéndola con mi cuerpo, con mis brazos a sus lados y la besé. Ella desabrochó los botones de mi camisa y yo bajé los tirantes de su vestido.

Los besos, cada vez más cargados de pasión y deseo, que se mezclaban con sordos jadeos, se convirtieron en pequeños y dulces mordisquitos. Ella empezó a jugar con mi pelo y yo fui bajando mi boca, para besarle por el cuello, suavemente. Seguí bajando hasta su pecho, dando pequeños besitos mientras tanto. Cuando volví buscando su boca, noté que Raquel estaba medio dormida. El cansancio y el alcohol habían hecho mella en ella. Me iba a quedar con las ganas de terminar lo empezado, pero no quería que nuestra primera vez fuese con ella en ese estado. Me levanté de la cama como pude y rebusqué en los armarios hasta encontrar una fina manta. Volví donde estaba ella, que ya se veía que dormía profundamente por su pausada respiración y la cubrí con la manta. Mientras le daba un dulce beso en la frente y la susurraba “duerme bien, preciosa”, cogí mi almohada y me fui al salón.

Coloqué la almohada en el sofá y me tumbé en él. Cerré los ojos y no pude evitar acordarme de ella, la que ahora mismo estaba durmiendo en  mi habitación, la que hace cinco minutos me besaba con pasión. Me pasé los dedos por los labios. ¿Qué me estaba pasando? ¿Qué estaba haciendo? ¿Estaba echando de menos a alguien a quien tenía en la habitación de al lado? “Martínez, tú no eres así” me decía para convencerme. Pero, ¿a qué me refería? ¿A que normalmente no suelo pensar en la chica que me ligo en una discoteca? ¿Qué normalmente solo quiero a esa chica para pasar la noche? ¿Qué tiene de distinto Raquel? ¿Por qué no puedo parar de pensar en sus ojos verdes? ¿No me estaría… enamorando? “No Martínez, eso es imposible. Ponte a dormir que las copas te han afectado de más”. Y así, pensando en todo lo ocurrido el día de hoy, me sumí en un profundo sueño.

Me desperté exaltado, sudando. Había tenido un sueño horrible: Seguía en mi casa, me había levantado porque quería beber algo, tenía la boca pastosa. Al pasar por el salón me fijo, hay un bolso negro en la silla. Eso significa que ella sigue aquí, voy a la habitación para observarla dormir pero… ¿dónde se ha metido? Observo que la cortina sale hacia fuera por la ventana, me acerco a ella y, bajo mi mirada de espanto, descubro a Raquel en la calle de enfrente. Está con alguien, de espaldas, igual que ella me cogía en la discoteca, demasiado pegado a él. Intento gritar pero el aire no me llega a los pulmones, no puedo decir nada, noto como la rabia me ahoga…

Pero solo era un sueño, un sueño. Pero qué sueño más raro, nunca había tenido este tipo de sueños. ¿Empezaba a preocuparme? ¿Acaso me estaba obsesionando? Intento calmarme y, cuando mi respiración se calma un poco consigo levantarme del sillón. En el baño me lavo la cara con agua fría para espabilarme. ¿Qué hora es? Miro mi reloj de muñeca, las 6:00. Menos mal que hoy  no tengo rodaje, si no ya tendría que levantarme. Me van a venir de lujo estas horitas de más, aunque teniendo en cuenta la hora a la que me dormí ayer... 
 
Antes de volver a dormir, me enfrento a mi pesadilla y miro dentro de la habitación. Suelto un suspiro de alivio, Raquel sigue allí, en mi cama, dormidita como si fuera un ángel. Me quedo observándola dormir, la manta que le había echado por encima ahora le llegaba por la cintura, me entraron unas ganas incontrolables de arroparla, pero me contengo y vuelvo al sillón para dormir. Mañana le prepararía algo muy especial a Raquel…

martes, 11 de junio de 2013

CAPITULO 4


En esa mesita alejados de todos nos presentamos. Se llama Raquel y había ido a mi espectáculo acompañando a su prima, aunque reconoció que antes de que le dijese nada sobre el espectáculo, ella no me conocía. La verdad es que esto me agradó, no esperará nada de mí basándose en cómo me ha visto actuar en la tele.

Seguimos la noche entre risas, charla y alcohol. Ella me habló de su familia, que vivía en Toledo, y de que ella se había mudado de pequeña con sus padres a Madrid; yo le contaba chistes e intentaba que su sonrisa estuviese siempre presente. La verdad es que no me preguntó nada sobre mi trabajo, y eso me encantó, porque últimamente es difícil distinguir entre la cerca que se acerca a mí sólo para tener una exclusiva o la que se acerca porque de verdad quiere estar conmigo, Raquel parecía ser del segundo tipo de personas. Sus mofletes cada vez estaban más colorados, y sus ojos más brillantes, no sé si a causa de esos Malibús con piña o por las risas que no paraban. Aprovechando un descanso en la conversación, se me ocurrió invitarla a bailar.

-Dani… no sé bailar muy bien- me dijo entre risas.

-Mujer, yo te guio- la dije mientras agarraba su mano y le guiñaba el ojo.

Al final, a base de mucho peloteo conseguí convencerla y nos levantamos de nuestro rinconcito, dejando las bebidas a la mitad. Llegamos a la pista cuando sonaba ‘Diamonds’ de Rihanna, pero nada más ponernos a bailar, la música paró y se oyó por megafonía: “Ahora una lenta para las parejitas… A DISFRUTAR”.

Fue en ese instante cuando Raquel me puso unos ojitos que preguntaban “¿y ahora qué?”. Yo, que nunca he dudado en estas situaciones, esta vez noté mi mano temblorosa mientras la ponía en su cadera y acercaba su cuerpo hacia mí a la vez que le apartaba un mechón de pelo y le susurraba al oído con voz dulce: “Bailemos lento, pues”. Ella puso sus manos alrededor de mi cuello y acercó su frente a la mía mientras me decía en el mismo tono que había empleado segundos antes yo: “Bailemos”. Y así, con sus manos en mi cuello y mis manos en sus caderas, a escasos centímetros el uno del otro pasaron unos minutos de la canción, 'Vuelvo a verte' de Pablo y Malú, que se me hicieron eternos, minutos perfectos en los que parecía que las únicas personas que había en la pista éramos nosotros y un rayo de luz nos enfocaba, como la típica película estadounidense, hasta que nuestras miradas se juntaron y, sabiendo los dos lo que pensaba el otro, nuestros labios se buscaron. Fue un beso lento, con magia, un beso de los que no se olvidan. Aunque todo terminó cuando la música volvió a su estilo habitual y la gente empezó a empujarnos mientras bailaba. Entonces cogí su mano, entrelazando sus dedos con los míos y salimos de la aglomeración de gente hasta volver a nuestra mesa.

Allí me fije en un detalle, ninguno de los dos grupos estaban, ni sus amigas ni mis compañeros. Habíamos estado los dos tan absortos el uno del otro que no nos habíamos enterado de su marcha. Entonces caí en que ella tendría que conducir, y por lo que se veía el alcohol le había afectado demasiado. Cuando iba andando conmigo de la mano se había tambaleado varias veces sobre sus altísimos tacones de aguja negra. No podía permitir que condujese en su estado y es que, aunque pareciese demasiado protector con alguien a quien acabo de conocer,  tenía que asegurarme que no la pasase nada. Así que le comente esto:

-Oye Raquel, tus amigas se han ido ya, ¿no? ¿Tienes coche para volver? Si quieres te llevo en el mío, o pedimos un taxi para los dos.

-Mierda, Olivia había prometido llevarme a mi casa y si mis padres ven que vuelvo a llegar en taxi porque me he quedado más tiempo que mis amigas me matarán. La mejor opción sería llegar a casa mañana por la mañana… pero no sé dónde dormir- esto último lo dijo mirándome con sus ojazos verdes, insinuante.

-Vaya, si quieres te llevo a mi casa, yo vivo sin mis padres- dije entre risas y siguiéndole el juego.

-¿No vas muy deprisa, Martínez?- me dijo también riendo.

-Eh, que has sido tú la que lo ha propuesto. Ven conmigo, ni siquiera nos va a hacer falta coger el coche, mi casa está a dos manzanas.

Y cogidos de la mano, salimos del local. Era noche cerrada, las 3:00 de la mañana según mi reloj y el viento había empezado a refrescar el ambiente. Vi como Raquel se frotaba los brazos que llevaba al aire por su vestido de tirantes, y sin dudarlo estiré mi brazo por sus hombros mientras con la mano, hacia el mismo gesto que ella estaba haciendo en su brazo para que entrase en calor.

-Tranquila pequeña, en mi casa tengo calefactor- dije mientras le besaba la mejilla.

Y así, andamos las calles que nos separaban de mi casa. Abrí el portal y la dejé pasar. Subimos las escaleras, ella ya con los tacones en la mano. Y, antes de entrar, le pregunté:

-¿Estás segura de querer pasar a casa de un desconocido que acabas de encontrar?

Y ella me respondió con su sonrisa de niña pequeña:

-Nunca lo he dudado.