sábado, 7 de septiembre de 2013

CAPITILO 26

Me siento en el sofá todavía asimilando lo que acabo de ver. No entiendo nada. No entiendo a qué a quiere jugar haciendo ahora esto. Le vuelvo a llamar sin éxito, me vuelve a saltar el buzón de voz. Puede que se le haya acabado la batería o que simplemente no me lo quiera coger, no quiera saber nada de mí. Descarto la segunda opción, duele demasiado.

La cabeza me da vueltas, ayer pareció todo tan fácil.

La verdad, lo que me duele es que haya tomado una decisión sin mí, y no entiendo por qué. Lo único que ha dicho es la verdad y la única que le podía impedir decirlo era Raquel. Seguro que con ella si ha hablado. Es más, seguro que está ahora mismo con ella.
Frunzo el ceño extrañada, ¿estoy sintiendo celos? ¿Por qué? ¿Celos de Raquel? No, no puedo sentir celos de ella. Él la ha elegido. Me encanta la pareja que hacen, no hay más que añadir. Además, Raquel es la novia ideal, es perfecta. Incluso siendo torpe es encantadora. Entonces, ¿qué me ocurre?
Vuelvo a coger el Iphone que reposaba encima de la mesa y lo desbloqueo. Mi dedo, tembloroso sin motivo, pincha en el icono del Whatsapp y busca entre los contactos hasta por fin llegar al indicado. “Martínez Móvil”. Abro la conversación. Hace varias horas que no se conecta. Eso me alivia, por lo menos no estaba evitando mis llamadas. ¿Y qué hago ahora? ¿Le escribo? Puede que si le pongo algún mensaje, parezca demasiado desesperada por hablar con él. Pero necesito una respuesta a lo que ha pasado, ¿por qué ha llegado a la decisión de escribir ese tweet? Decidida, le envío el mensaje preguntándoselo. Pasan los minutos y sigue sin aparecer el segundo tick, ni la hora de última conexión cambia. Cansada, vuelvo a dejar el móvil en la mesa y me asomo a la ventana.
Fuera, entre edificios, se distingue una bonita puesta de sol. El cielo, casi al completo rosa, se deja invadir por nubes naranjas mientras la brillante esfera dorada desciende lentamente, escondiéndose tras los edificios. Unos pájaros vuelan sin rumbo hacia el horizonte, hasta ser sólo dos puntos negros en el contraste del atardecer. Cierro los ojos y respiro profundamente. Por  un momento me olvido de todo y dejo la mente en blanco. En Madrid ya huele a verano.

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Llegamos a mi casa. Una vez conseguimos aparcar nos dirigimos al portal cargados de bolsas, fruto de la gran tarde de compras. Los dos sonreímos mientras caminamos calle arriba. El sol desciende por los edificios dejando el cielo a su paso de un bonito color rosado, adornado con nubes naranjas.

-Mañana va a hacer bueno –digo de repente, sacando a Dani de sus pensamientos.
Este me mira extrañado, como si hubiese dicho la mayor locura del mundo, tal vez pensando que necesitaba un psiquiatra. Decido explicárselo:

-Mi abuela siempre me ha dicho que cuando se pone el Sol y el cielo se queda rosa, es que va a hacer bueno al día siguiente. –digo mientras señalo el atardecer que está teniendo lugar justo frente a nosotros, recortado entre edificios y cables de teléfono con zapatos colgados.

Dani asiente y, mientras me pasa un brazo por el hombro, me dice:
-Aunque mañana no luciese el sol, tu me alumbrarías el día.

En su cara veo en seguida el arrepentimiento por haber dicho algo tan cursi, pero mis ojos se iluminan. Ha sido precioso. Sin pensarlo me lanzo a besarle, dejando que nuestras siluetas contrasten con el cada vez más bajo Sol.
Hay instantes en los que piensas que nada puede salir mal. Te sientes protegido, aislado del mundo, nada te puede hacer daño. Eres feliz contigo mismo, con las personas que te rodean. Todo parece teñido de rosa, el mismo color del cielo. Todo parece irrompible pero a la vez tan frágil. Querrías aislarte en una burbuja y tener esa sensación todos los días. O mejor, aislarte en esa burbuja y no dejar que nadie te estropease el momento.  Te das cuenta de lo que puede durar un segundo. Cabes en la importancia de cada detalle. Piensas lo bonito que es ese lunar que tiene en el cuello. Sientes más esa sensación cuando te toca, como si descargase una corriente eléctrica sobre tu piel. Todo es suave. En ese instante, un ángel se ha quedado mirando y te regala unos segundos más. Todo lo negativo se va, en tu cabeza sólo hay espacio para la felicidad. Es lo más parecido a un oasis de tranquilidad en la vida.

Eso es exactamente lo que pienso cuando nos terminamos de besar y le miro a los ojos. Me doy cuenta que he encontrado uno de esos instantes y, por lo que él transmite, pienso que le ha pasado lo mismo. Nos miramos fijamente durante lo que parece una eternidad, conociendo nuestra intimidad por la mirada,, adentrándonos uno dentro del otro, sabiendo nuestros miedos, nuestras preocupaciones, y haciéndolas desaparecer. Noto como su mirada muestra decisión, pero también algo de miedo. Puede que miedo por un futuro que es demasiado grande como para intuir lo que puede pasar., tan inmenso como el océano e igual de peligroso. Entonces pienso en lo que dirá la mía y llego a la conclusión de que debe ser un reflejo de la de él.
Llegamos a mi casa, todavía sin decir palabra desde aquella mirada que reveló tantas cosas sin saberlo. Y, al pasar al salón, me doy cuenta de que no todo puede ser perfecto. De que el final tranquilo y feliz nunca existirá y de que no existen esas hadas que antes parecieron tan reales.

Dani viene corriendo al verme parada en la puerta del salón. Dejo caer las bolsas al suelo porque ya no tengo fuerzas ni para agarrarlas y noto como el mundo se me cae encima. Mis ojos no pueden evitar llenarse de lágrimas, aunque no son los únicos de la sala que están vidriosos.
Lucía me mira con esos ojos desde el sofá. Tapada con una sábana y blanca por la sorpresa, no puede evitar que sus ojos reflejen la culpa, la traición y el dolor. Se esconde como puede entre cojines, seguramente rezando para que se la trague la tierra. Intenta decir algo, pero las palabras no consiguen salir de sus labios. Sólo se escucha un leve murmullo indescifrable.

Mis mejillas no tardan en llenarse de lágrimas. ¿Cómo ha podido pasar? No, no me lo quiero imaginar. Noto como unos brazos me agarran de los hombros. Están tensos, sé que él no entiende ese número. No conoce a ninguno de los dos protagonistas.
-Raquel yo… -susurra una voz masculina desde el sofá.

Pero es tarde para cualquier clase de disculpas. El dolor se ha transformado en rabia.

Pensé que podría desaparecer de mi vida. Pensé que podría volver a ser feliz. Pensé que, con los años, cambiaría y sería capaz de perdonarle. Pero en ese mismo instante me doy cuenta de que Héctor nunca cambiaría.

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