Haciendo el menor ruido posible me levanto de la cama y voy al baño. Allí me espabilo y cambio mi pijama por un bañador que había cogido de la habitación, cojo la toalla de piscina y bajo. Últimamente, desde que hace dos días abrieron la piscina de mi urbanización, bajo por las mañanas a nadar. Me ayuda a pensar, a tener unos instantes de serenidad bajo el agua. Además, a estas horas (como a casi todas, para qué mentir) la piscina está sola y eso aporta una tranquilidad absoluta. Dejo la toalla en la valla, me quito las chanclas y la camiseta y me sumerjo a la cristalina agua. Está fría, pero eso hace que me despierte del todo. Nado de un lado a otro, dejando que mi mente piense algo, algo para alegrar a Raquel de verdad. Coordino mi respiración con mis pensamientos y me dejo escurrir sobre el agua. Cuando creo que ya no puedo nadar más, se me ocurre. Eso es, es perfecto. Salgo por la escalera del lateral y me seco con la toalla que había dejado allí, siento una urgente necesidad de subir arriba y empezar el día, lo que se me ha ocurrido no puede esperar. De pronto, noto como una mano se posa suavemente en mi espalda. Cálida y suave me recorre la espalda todavía mojada. Sorprendido, me doy la vuelta.
Suspiro al ver que es ella. Raquel me mira con ojitos
tiernos y cansados. Aunque ha intentado disimular poniéndose unas Converse,
lleva todavía puesto la camiseta del pijama con unos shorts vaqueros. Se frota
los ojos señal de que tiene todavía sueño, la verdad es que no entiendo por qué ha bajado a estas
horas.
-Cielo, ¿qué haces aquí? –le digo mientras, intentando no
mojarla, dejo que me abrace.
Ella, apoyada en mi pecho sin importar lo mojado que esté me
contesta:
-Me desperté en cuanto te fuiste y no pude evitar mirar como
nadabas desde la terraza –me dice mientras señala con la cabeza mi terraza que
justo da a la zona de la piscina.- La verdad es que pareces un nadador profesional, es muy divertido.
Me rio ante su sinceridad y ante la imagen de ella viéndome nadar.
Nunca se le pasaría por la cabeza lo que se me ha ocurrido mientras nadaba y
ella me miraba.
-Bueno, vamos a subir y desayunamos algo, ¿no? –Ella asiente
con la cabeza y, sin querer, se revuelve en un escalofrío que le pone la carne
de gallina- Bueno, te preparé un chocolate calentito –le digo mientras pongo la
toalla sobre sus hombros, intentando que entre en calor.
ღღღღღღღღ
Por fin
llego a mi casa. Estoy cansada, esto de correr me mata. Hoy he hecho casi cinco
kilómetros, no está mal. La verdad es que ahora no sólo es por estar en forma o
por la “operación bikini”, también al correr consigo aclarar las ideas que
surgen por mi cabeza.
No sé
por qué últimamente no puedo parar de pensar en él, y eso me está matando. ¿Por
qué no sale de mi cabeza? Necesito desconectar o me volveré loca, a esa
conclusión he llegado después de mi carrera de hoy. Esta tarde, o antes si puedo, llamaré a
Moni, necesito hablar con ella.
Me
quito los deportivos y los dejo con cuidado en la terraza. Deshago la coleta
que recoge mi largo pelo negro y lo dejo caer sobre mis hombros, ¿tal vez
necesite un nuevo corte de pelo? Todo el mundo dice que cuando quieres cambiar
algo en tu vida u olvidar algo, lo primero que haces es cambiar tu pelo. Tal vez me lo
plantee.
Desayuno
unos cereales y me pongo a ver la tele. Al rato me aburro, no hay nada
interesante. Suspiro al recordar mi época televisiva, la verdad es que lo echo
de menos. Echo de menos salir a la calle para cubrir cualquier de evento, hiciese frío, calor, lloviese o lo que me echasen; pero
sobre todo echo de menos a mis compañeros: sus tonterías, su cariño... Y aunque sigo teniendo contacto con la mayoría, no es lo mismo. Echo de menos esos abrazos que me daban en un día que, como hoy mismo, no me sentía del todo bien. Otra vez vuelve a ocupar mi mente su
imagen. Agito la cabeza. No. No puedo permitirme pensar en él. Tiene novia y yo
ya tuve mi oportunidad. Un escalofrío me recorre. Sí, tiene novia y encima me
cae bien. Seguramente si Raquel me cayese mal sería todo más fácil, pero es que
encima es un amor de chica…
Otra tarde más salgo de
trabajar. Ya hemos grabado el programa de hoy. A la salida me esperan varias
chicas y, aunque hoy no tenga ganas de nada, ellas consiguen sacarme una
sonrisa. Me hago las fotos que hacen falta hasta que les gusta cómo salen y me
dejo abrazar. Ellas no lo saben, pero esos abrazos me reconfortan tanto hoy...
Les doy las gracias y ellas me las dan a mi mientras me voy.
Llevo unos días
mal, lo noto. Necesito desconectar o hablar con alguien o salir de la rutina o
algo. El día a día me está comiendo.
Al llegar a mi coche me
detengo, entre la multitud de personas que bajan a la parada de metro de al lado reconozco una cara.
No sé por qué lo hago, cualquiera pensaría que hablar con ella sería el peor
remedio, pero quiero hablar con ella. Esquivo gente que me mira extrañada, tal
vez me hayan reconocido, pero eso me da igual. Quiero hablar con ella, todavía
no entiendo por qué hace dos días tomaron esa decisión y él no me ha querido
contar mucho. Sé que ella me contará más. Veo como está a punto de pasar el
billete para poder pasar al andén y, antes de que lo haga y pierda toda posibilidad de
hablar con ella, grito: ¡Raquel! Varias personas se giran para ver quién está
gritando, y ella tarda algo más de tiempo en reaccionar y girarse. Cuando al
fin lo hace, agito la mano indicándola que venga. Ella sonríe al tiempo que
viene hacia mí, no entendía por qué, pero me daba la sensación que ella tampoco
estaba del todo feliz.
Cuando llega hasta a mi me da
dos besos y se muestra feliz por la coincidencia. Si ella supiese que hace unos
minutos la había seguido por toda la estación y que no había sido tanta la
coincidencia…
Subimos otra vez hacia la
calle y nos vamos a un pequeño café que yo conozco donde estoy segura de que
nadie nos molestará. Al llegar a la barra le pido a Paula, la camarera, dos
capuccinos. Cuando los trae, Raquel y yo empezamos a hablar. Hablamos como si
nos conociésemos de toda la vida, como dos amigas que se cuentan todo. En un
momento Raquel saca el móvil y, con una sonrisa tonta, escribe algo a alguien.
Sé perfectamente a quién escribe, pero intento mantener una buena cara.
Cuando termina, suspira y me explica algo que no me imaginaba. Me cuenta lo que
pasó hace dos días en su casa y que ahora está viviendo con Dani. Con esto
último intento que no se me note el sentimiento que, confuso, sigue dentro de
mí. También me cuenta que, aunque debería ser la mujer más feliz del mundo, no
consigue estar del todo bien. Me confiesa que le preocupa que Dani sólo quiera
que esté en su casa por compromiso, que ella cree que todo va muy rápido y que
tiene miedo de estrellarse o de marearse por la velocidad. Sin quererlo, unas
lágrimas empiezan a brotar de sus ojos y habla entrecortadamente. Yo me levanto
del asiento y la abrazo, intentándola consolar mientras aguanto mis propias
lágrimas.
Dada por terminada la charla
nos despedimos prometiéndonos que nos llamaríamos si queríamos desahogarnos, y
que estaríamos la una para la otra. Me dio las gracias mil veces y se fue. Yo seguí un rato en la calle, parada, mientras la observaba marchar hacia la estación. Cuando pude reaccionar, también tome rumbo a mi coche. No me imaginaba nada de la historia que acababa de oir...
De ese día hace ya casi una semana y ninguna de las dos hemos llamado a la otra aunque, yo misma lo sé, lo hayamos necesitado. Ese día también me di cuenta de que no solo yo lo estoy pasando mal, pero sigo queriéndome ir. Pienso que alejarme de aquí un tiempo será alejarme de la realidad.
Decido llamar a Moni como me había dicho que haría esta mañana, sé que ella me comprenderá y me apoyará, necesito saber que alguien me entiende. Después de una larga charla donde le cuento cómo me siento, omitiendo el por quién aunque se perfectamente que lo ha adivinado en el minuto cero, y ella me promete que sí, que podemos escaparnos las dos unos días a Barcelona a olvidarnos de todo. Se lo agradezco mil veces y cuelgo prometiendo que la llamaría esta tarde para acordar más cosas. He conseguido lo que quería, aunque sea por una semana, un fin de semana o el tiempo que sea, espero olvidarme de todo en Barcelona. Por fin, una sonrisa me sale sola. La primera sonrisa no forzada de la semana.
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