lunes, 14 de abril de 2014

CAPITULO 29


-Bueno, creo que se nos ha hecho muy tarde, mañana es lunes y todavía tienes que cenar. Otro día te contaré más.

-¡No mamá! –exclamó Patri mientras se agarraba a mi pierna.- Todavía es pronto y seguro que faltan muchos detalles y muchas partes importantes de la historia.

-Pero hija… -dejé la frase sin acabar porque no me pude resistir a sus adorables ojitos verdes que me hacían pucheros insistiendo silenciosamente y, sin remedio, proseguí el relato que había empezado sin querer esa tarde lluviosa de abril.

Mi hija, al parecer, estaba muy interesada en saber cómo conocí a su padre…

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-¿Dónde me llevas? –inspiré profundamente el aire fresco, que olía a lavanda y rosas.

Casi desde que nos habíamos levantado, Dani me había colocado una venda en los ojos que, por más que me quisiese quitar o buscar un resquicio para poder ver, me era imposible. Él me había insistido en que no hiciese trampas o la sorpresa perdería la gracia, así que le hice caso. No le puse pegas cuando noté como cambiaba mi pijama por una ropa que no sabía cuál era, aunque en ese momento si que note cómo mis mejillas tomaban el color de los tomates, y que aún me siguiese pasando eso después del tiempo que llevábamos juntos era lo que verdaderamente me daba vergüenza. Tampoco dije nada en ninguna de las ocasiones en las que, por sorpresa, posaba sus labios sobre los míos y me ordenaba levantarme y caminar a algún sitio. Pero cuando noté estar en el exterior y la situación se descontroló, me puse nerviosa. ¿A dónde pensaba llevarme con los ojos tapados?

Este juego de sensaciones acabaría volviéndome loca.

-Dani, ¿me puedo quitar la venda ya? –insistí por cuarta vez en el tiempo que llevábamos sentados en un banquito del jardín.

-Mira que puedes llegar a ser insistente… y hasta un poco cansina –dijo riéndose y dándome un toquecito en la nariz.- Al final conseguirás estropear la sorpresa que llevo pensando y planeando una semana.

Sonreí ante su respuesta. Que hubiese pasado tanto tiempo organizando esto me hacía sentir especial, cuidada y protegida, pero a la vez agrandaba un miedo que cada vez me costaba más reconocer. Y es que sentía un miedo atroz porque me daba cuenta de que me estaba enamorando demasiado, y después de todo lo ocurrido con Héctor me negaba a volver a sufrir por un hombre nunca más. Pero es que Daniel era especial, me hacía sentir única. Era siempre tan atento, amable y cariñoso… Por eso tenía tanto miedo, nunca sabes cuando todo lo bonito puede acabar así que al menos intentaba disfrutarlo al máximo siempre. Y si duraba toda la vida, pues sería mucho mejor, pero como el amor no es una ciencia cierta me había ordenado a mi misma no hacerme muchas ilusiones que a la larga me pudiesen hacer daño.

Un ruido potente y chirriante me sacó de mis pensamientos. No tardé en ubicar ese sonido tan familiar: era un coche que había parado cerca de nosotros. Oí cerrar una puerta y al instante noté como alguien me cogía la mano con delicadeza y me conducía hacia la derecha. Sabía perfectamente de quien se trataba sólo acariciando su palma con mi dedo índice, pero su voz me lo confirmó, ¿cuándo se había ido del banco y había ido a sacar el coche del garaje?

-Ten cuidado no te des en la cabeza. –me advirtió mientras me ayudaba a agacharme y sentarme en el asiento trasero del coche.

Cerró mi puerta y rápidamente abrió la suya para sentarse a mi lado. Al instante, arrancamos. Eso me descuadró. Si Dani no conducía, es que el coche tampoco lo había traído él, por eso no había notado que se iba. La verdad es que si estaba tratando de confundirme lo había logrado. Apoyé mi cabeza sobre su hombro derecho y me deje mecer por el vaivén del coche. El embriagante olor a vainilla del ambientador perfumaba los asientos traseros, haciendo que, irremediablemente, cayese en un profundo sueño.

Me desperté agitada, la pesadilla mientras dormía había sido demasiado real, y sin saber cuánto tiempo había pasado desde que había subido a aquel automóvil con chófer desconocido. Desorientada, alcé las manos para quitarme la venda negra que me seguía cubriendo los ojos, pero una mano me agarró la muñeca antes de que lo hiciese y, adelantándose a mi protesta, Dani me besó en los labios, haciendo que olvidase qué iba a decir.

-Ya hemos llegado, ahora ten cuidado al bajar –me advirtió mientras abría su puerta.
Yo todavía desorientada, me quede con los labios entreabiertos esperando un segundo beso que no llegaba. Intenté buscar el manillar para salir pero él se adelantó y me abrió la puerta.

-¿Y a dónde hemos llegado si se puede saber? –pregunté mientras me cogía al vuelo por la cintura y me bajaba al suelo.

-Lo sabrás cuando tengas que saberlo.

Otro beso en los labios para acallar mis preguntas, este más intenso, más frágil y más sentido. Este hizo que algo dentro de mi se removiese y que me diese cuenta de lo real que eran mis sentimientos. La verdad es que me podría acostumbrar a este juego.

Para asegurarse de que no me cayese mientras caminaba con la venda, Dani me pasó el brazo derecho por la cintura. Me estremecí al sentir su contacto. Es increíble cómo todos los sentidos se intensifican si ya no cuentas con el sentido visual. Intenté centrarme en encontrar alguna pista de dónde nos encontrábamos y agudicé el oído: había mucho barullo, mucho ruido de coches y cláxones sonando sin ton ni son. Nuestro coche arrancó y se alejó, dejándonos solos en aquel lugar. No había escuchado como Dani se despedía del conductor, pero si oía el sonido de unas ruedas al arrastrar, e intuí que era algo que Dani llevaba en la mano izquierda y que se deslizaba sin mucho sigilo por la acera.

Fue entonces cuando empecé a intuir cuál podía ser la sorpresa, ¿acertaría?

 

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