Vuelvo a entrar al Burguer. Raquel sigue en la misma mesa,
apoya la cabeza sobre el brazo y me sonríe. La verdad es que es preciosa. El
pelo largo y revuelto le cae por el hombro izquierdo como una cascada. Me
acerco y la beso. Un beso suave y delicado, sin prisas. La cojo de la mano y la
acompaño hasta casa.
-Bueno, ya hemos llegado… -dice Raquel, sin saber muy bien
qué hacer.- ¿quieres subir?
Esto último lo dice picarona, poniéndome ojitos, esos ojitos
que yo no puedo resistir. Pero he quedado y no me puedo permitir llegar tarde.
-Lo siento –dicho esto la beso- de verdad que lo siento. –la
vuelvo a besar y ella se rie.- No me puedo quedar, tengo un compromiso muy
importante. De verdad que no sabes lo que siento no poder subir. –y la vuelvo a
besar, aunque este dura más que los anteriores.
-No pasa nada, si cada vez que te disculpas por no poder
subir va a ser así, voy a querer que tengas más de un compromiso. –y suelta una
pequeña risita.
-Pues si te ha gustado esto, prepárate para más. –entonces rompe
a reír y yo la sigo. Reímos sin preocupaciones, sin que nos preocupe la gente
que nos mire, como si sólo existiésemos nosotros dos.- Bueno, ahora sí que me
tengo que ir –la vuelvo a besar, un corto y dulce piquito.- Lo siento otra vez,
ya sabes que tienes mi móvil, para lo que quieras.
Me giro para irme hacia el coche, pero entonces noto que
alguien me agarra del brazo y me hace girar. En un momento vuelvo a estar frente a
ella, a pocos milímetros de sus labios. Nos miramos a los ojos. Ella se ríe y
cuando nuestros labios casi se rozan me susurra: “te quiero” y me besa. ¿Cómo
había podido estar sin escuchar un “te quiero” tan sincero tanto tiempo? ¿Cómo
he vivido sin esos besos? ¿Cómo he aguantado sin grabar momentos como aquel en
mi mente?
Camino en dirección al coche todavía pensando en Raquel. “Martínez,
te estás obsesionando” me repite una vocecita en mi interior. ¿Y si no es
obsesión? ¿Y si Raquel es la mujer de mi vida? Me rio solo de pensarlo. Si casi
no la conozco. Por ejemplo, todavía no sé ni cuántos años tiene. ¿Eso es
normal? Arranco el motor del coche, la radio se enciende y por los altavoces
suena la dulce voz de Taylor Swift. La canción habla de amar, del amor. La dulce voz dice que
amar es como conducir un Maserati nuevo, rápido, apasionado. Creo que tiene
razón, amar es como conducir sin control y puede acabar de varias formas: que
tengas cuidado reduzcas la velocidad y no pase nada, que sea todo un viaje
aburrido y sin emoción; o que sigas acelerando, sintiendo la velocidad y la adrenalina y te
acabes estrellando contra un muro y que de dicho accidente salgas muy mal parado; o
hay una tercera posibilidad, seguir acelerando, tener suerte y esquivar el
muro. El problema es que la tercera es la que todos quieren, pero es la que
menos posibilidades tiene de ocurrir.
Pensando en esto llego al parque. No es muy grande y está
alejado de todo. Me gusta menos que al que fui ayer con Raquel, pero este era
donde veníamos Cris y yo. El de Raquel sólo lo ha conocido a ella. Pensando en esto vuelvo a sonreír. Pero bueno, este era el parque especial para nosotros. Para Cris y para mi. Donde nos perdíamos por sus rincones. Salí del coche
y respiré el aire fresco, una suave brisa de primavera hacía moverse los
árboles y las flores inundaban todo con su olor. ¿Quizá era todo demasiado
empalagoso? Caminé tranquilo, sin prisa hacia un pequeño laguito que hay en el
centro del parque, allí había quedado con ella. Miré el reloj, las 16:58. Puede
que ya estuviese, siempre le gustaba llegar pronto. Salí de dudas en cuanto giré
la calle y estuve de frente al lago. Apoyada en la barandilla, una chica morena
miraba y hablaba con los patos. Se reía y su risa era lo único que se oía en ese espacio. La verdad es que estaba muy guapa, llevaba unos
pitillos negros y una camisa rosa por la que se entreveía el sujetador negro,
dejando poco a la imaginación. El pelo, suelto, le caía por los hombros suave y
sedoso. Me acerqué despacio, sin hacer ruido. Cuando estuve justo detrás de
ella, poniendo otra voz, como de señor mayor, le dije al oído:
-¿Sabes que los patos comen pato pero ellos no lo saben?
Dio un respingo y se giró. Tenía cara de susto, pero en
cuanto me vio, esa cara cambió. Parecía entre enfadada y divertida. Me miró reprochadora mientras me decía:
-A las señoritas no se las asusta así, Martínez. Bueno, ¿dos
besos como Dios manda, no? –Y sin darme tiempo a responder me plantó dos besos
en la mejilla.- Me alegro de verte.
Seguía igual que siempre, con el mismo carácter y el mismo perfume, un perfume dulce y empalagoso, por el cual yo un día había perdido la cabeza. Pero su comportamiento era distinto, parecía que todo lo que pasó ya lo había
olvidado, parecía que ella también había decidido empezar de cero. ¿O no? A veces
las mujeres son muy difíciles de entender.
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