domingo, 21 de julio de 2013

CAPITULO 16.

Colgué el teléfono, estaba contento. La verdad es que no me esperaba que reaccionase tan bien a mi petición de quedar, pero me ha sorprendido. ¿El sueño tendrá razón y nos reconciliaremos? No es que acabásemos mal, pero desde entonces casi no hemos vuelto a hablar y la amistad desapareció. Es esa amistad la que yo quiero volver a recuperar. Ahora solo queda esperar para ver qué pasa esta tarde, he quedado con ella a las 17:00, en el parque de siempre. Ese parque donde compartimos tantos minutos, tantos besos, tantas emociones. Pero no, no pienso en eso, ahora estoy con Raquel, y la quiero. Ha revolucionado todo de arriba abajo y no la puedo dejar escapar. Por eso tendré que ser egoísta, no le puedo decir que he quedado con Cris, estoy seguro de que no lo entendería.

Vuelvo a entrar al Burguer. Raquel sigue en la misma mesa, apoya la cabeza sobre el brazo y me sonríe. La verdad es que es preciosa. El pelo largo y revuelto le cae por el hombro izquierdo como una cascada. Me acerco y la beso. Un beso suave y delicado, sin prisas. La cojo de la mano y la acompaño hasta casa.

-Bueno, ya hemos llegado… -dice Raquel, sin saber muy bien qué hacer.- ¿quieres subir?

Esto último lo dice picarona, poniéndome ojitos, esos ojitos que yo no puedo resistir. Pero he quedado y no me puedo permitir llegar tarde.

-Lo siento –dicho esto la beso- de verdad que lo siento. –la vuelvo a besar y ella se rie.- No me puedo quedar, tengo un compromiso muy importante. De verdad que no sabes lo que siento no poder subir. –y la vuelvo a besar, aunque este dura más que los anteriores.

-No pasa nada, si cada vez que te disculpas por no poder subir va a ser así, voy a querer que tengas más de un compromiso. –y suelta una pequeña risita.

-Pues si te ha gustado esto, prepárate para más. –entonces rompe a reír y yo la sigo. Reímos sin preocupaciones, sin que nos preocupe la gente que nos mire, como si sólo existiésemos nosotros dos.- Bueno, ahora sí que me tengo que ir –la vuelvo a besar, un corto y dulce piquito.- Lo siento otra vez, ya sabes que tienes mi móvil, para lo que quieras.

Me giro para irme hacia el coche, pero entonces noto que alguien me agarra del brazo y me hace girar. En un momento vuelvo a estar frente a ella, a pocos milímetros de sus labios. Nos miramos a los ojos. Ella se ríe y cuando nuestros labios casi se rozan me susurra: “te quiero” y me besa. ¿Cómo había podido estar sin escuchar un “te quiero” tan sincero tanto tiempo? ¿Cómo he vivido sin esos besos? ¿Cómo he aguantado sin grabar momentos como aquel en mi mente?

Camino en dirección al coche todavía pensando en Raquel. “Martínez, te estás obsesionando” me repite una vocecita en mi interior. ¿Y si no es obsesión? ¿Y si Raquel es la mujer de mi vida? Me rio solo de pensarlo. Si casi no la conozco. Por ejemplo, todavía no sé ni cuántos años tiene. ¿Eso es normal? Arranco el motor del coche, la radio se enciende y por los altavoces suena la dulce voz de Taylor Swift. La canción habla de amar, del amor. La dulce voz dice que amar es como conducir un Maserati nuevo, rápido, apasionado. Creo que tiene razón, amar es como conducir sin control y puede acabar de varias formas: que tengas cuidado reduzcas la velocidad y no pase nada, que sea todo un viaje aburrido y sin emoción; o que sigas acelerando, sintiendo la velocidad y la adrenalina y te acabes estrellando contra un muro y que de dicho accidente salgas muy mal parado; o hay una tercera posibilidad, seguir acelerando, tener suerte y esquivar el muro. El problema es que la tercera es la que todos quieren, pero es la que menos posibilidades tiene de ocurrir.

Pensando en esto llego al parque. No es muy grande y está alejado de todo. Me gusta menos que al que fui ayer con Raquel, pero este era donde veníamos Cris y yo. El de Raquel sólo lo ha conocido a ella. Pensando en esto vuelvo a sonreír. Pero bueno, este era el parque especial para nosotros. Para Cris y para mi. Donde nos perdíamos por sus rincones. Salí del coche y respiré el aire fresco, una suave brisa de primavera hacía moverse los árboles y las flores inundaban todo con su olor. ¿Quizá era todo demasiado empalagoso? Caminé tranquilo, sin prisa hacia un pequeño laguito que hay en el centro del parque, allí había quedado con ella. Miré el reloj, las 16:58. Puede que ya estuviese, siempre le gustaba llegar pronto. Salí de dudas en cuanto giré la calle y estuve de frente al lago. Apoyada en la barandilla, una chica morena miraba y hablaba con los patos. Se reía y su risa era lo único que se oía en ese espacio. La verdad es que estaba muy guapa, llevaba unos pitillos negros y una camisa rosa por la que se entreveía el sujetador negro, dejando poco a la imaginación. El pelo, suelto, le caía por los hombros suave y sedoso. Me acerqué despacio, sin hacer ruido. Cuando estuve justo detrás de ella, poniendo otra voz, como de señor mayor, le dije al oído:

-¿Sabes que los patos comen pato pero ellos no lo saben?

Dio un respingo y se giró. Tenía cara de susto, pero en cuanto me vio, esa cara cambió. Parecía entre enfadada y divertida. Me miró reprochadora mientras me decía:

-A las señoritas no se las asusta así, Martínez. Bueno, ¿dos besos como Dios manda, no? –Y sin darme tiempo a responder me plantó dos besos en la mejilla.- Me alegro de verte.

Seguía igual que siempre, con el mismo carácter y el mismo perfume, un perfume dulce y empalagoso, por el cual yo un día había perdido la cabeza. Pero su comportamiento era distinto, parecía que todo lo que pasó ya lo había olvidado, parecía que ella también había decidido empezar de cero. ¿O no? A veces las mujeres son muy difíciles de entender.

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