miércoles, 24 de julio de 2013

CAPITULO 18


Entre casa dando un portazo, con lágrimas en los ojos y el corazón roto. Lucía se levanto corriendo al oír el ruido de la puerta y me encontró allí, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la puerta y la cabeza enterrada en los brazos. No tuve que decir nada, ella se agacho y se sentó junto a mí, pasándome su brazo por mis hombros y susurrándome que todo iria bien, que hubiese pasado lo que fuese no era el fin del mundo. No me atrevía a creer sus palabras, pero tenerla ahí, saber que por lo menos a alguien le importaba me hizo sentir bien. Tenía la certeza de que ella no me engañaría. Me levanté y ella me imitó y allí en el pasillo me volvió a abrazar. La verdad es que Lucía es una amiga increíble, por eso accedí a vivir con ella, y es que demuestra cada día lo buena persona que es. Hoy no ha hecho falta que supiese que pasaba, ni siquiera sabía que salía con alguien y me ha consolado porque le ha salido del corazón, porque ella es así, odia ver a la gente mal.

Después de darla un tímido gracias y aun con lágrimas en los ojos me voy a mi habitación. Ella lo comprende y me deja ir. Justo cuando me tiro en la cama, agarrada a mi gran oso de peluche y dispuesta a dejarme llevar por el sueño y las lágrimas, alguien toca el timbre. Lucía parece no querer abrir y quien sea que llama sigue insistiendo. Uno, dos, tres veces. Cada vez toca el timbre con menos paciencia y a mí se me clava el sonido como cristales en mi cabeza, que está hecha un lío y me duele a más no poder. Entonces oigo como Lucía, ya harta del timbre, abre la puerta. Arrastra los pies perezosa y coge las llaves del percherito que hay a la izquierda de la puerta. Al abrirla, parece que se pone a hablar con quien sea que haya llamado. “Seguro que es alguien que quiere vender algo, siempre son unos oportunos”, pienso, pero cuando oigo a Lucia gritar mi nombre, en mi mente se descartan todas las posibilidades y aparece solo una. Está claro quién es y no me apetece nada verle la cara, pero sé que Lucía ahora mismo estará flipando porque también era muy fan del programa y me tocará aclararle las cosas, asi que me levanto de la cama. Me miro en el espejo de mi cuarto para ver cómo estoy y me doy cuenta de que mi aspecto no puede ser peor: tengo los ojos rojos de las lágrimas y si eso no valía para indicar lo que había pasado, chorretes de rímel negro inundan mis mejillas. Intento arreglar un poco mi cara, pero es imposible fingir un atisbo de felicidad, pruebo a sonreír, pero no me sale. Me encamino hacia la entrada decidida y allí esta él. Creo que le pilla de sorpresa el verme asi, rota, tocada y hundida. Pero sobre todo creo que le sorprende que me haya decidido a salir. No le doy tiempo a decir palabra, según llego le empujo al descansillo y antes de cerrar con un portazo le digo:

-¡QUE NO QUIERO VERTE MÁS, JODER! –y tras ver su cara de asombro por última vez, las lágrimas vuelven a inundar mis mejillas. Sé que he sido injusta, que tendría que haberle dejado explicarse, como él dejo que yo explicase la historia de Héctor, pero hoy no podía oír nada. No me creería ninguna explicación y ni siquiera estoy segura de que me quedasen lágrimas por derramar si esa explicación tenia un final triste.

Me giro hacía Lucía, que sigue de pie en el pasillo y con cara aún más sorprendida que la de Dani. Es hora de explicarle todo, ella si se merece una explicación, así que le digo que se venga conmigo al salón. Se sienta en el sofá y yo cojo una silla, parecerá una tontería pero ahora soy incapaz de sentarme en ese sofá.  Lucía se acomoda poniendo los pies sobre la mesa y yo le empiezo a contar la historia, con pelos y señales. Todo lo que había pasado esa semana que ella no estaba, cómo le conocí, todo lo que hicimos, todo. A veces lágrimas traicioneras rodaban por mis mejillas al contar simples hechos como besos que ahora me parecían tan lejanos. Lucía atendió a la media hora que duró mi relato, pasándome clínex cuando me eran necesarios y asintiendo de vez en cuando. Terminé el relato con el titular de la revista, pues lo que venía después ella ya se lo conocía. Al terminar de contar todo, las lágrimas quise creer que ya se me habían agotado. Ahora era el turno para hablar de Lucía.

-Mira Raquel, -me dijo con su voz dulce, siempre intentando protegerme- después de lo que me has contado, de cómo te sentías con él. ¿Vas a tirar todo por la borda solo por una noticia que ni siquiera sabes que es real? Ya sabes como es ese tipo de prensa, que saca cosas donde no las hay. Yo que tu hablaría con él, si notas que te miente, entonces le mandas a la mierda por parte de las dos -esto me hace reír y parece que ver mi sonrisa también le alegra a ella- pero por lo que a mi me ha parecido cuando he abierto la puerta, él no ha hecho nada. Piénsalo y si me haces caso, pues mejor que mejor.

Así es Lucía, dando consejos siempre a la gente, no sé por qué no se decidió a estudiar psicología, sería buenísima psicóloga. Pero yo soy cabezota como la que más y sigo en mis trece de no creer nada.

-Lucía, ¿pero qué tengo que hacer? Si es verdad que han salido, ella es Cristina, ¿sabes? Su ex, de la que ha estado siempre enamorado, no tengo nada que hacer, ¡es que ni siquiera sé que hace saliendo conmigo! -esto último que he dicho, que me lleva rondando la cabeza todo el rato, me hace empezar a respirar con dificultad. La verdad es que soy muy propensa a ataques de ansiedad y me extrañaba que no hubiese tenido ninguno con todo lo que había pasado.

-A ver tranquilízate -me dice Lucía mientras se levanta y se pone a mi lado- Respira lento y atiéndeme. Tu lo has dicho, él estaba enamorado de Cris, ¿y ahora? Después de todo lo que te dijo en el coche, de la que está enamorado es de ti, Raquel. Y creo que eso no lo va a cambiar un simple encuentro que puede ser que ni llegase a ocurrir de verdad.

Puede que Lucía tuviese razón… Creo que me he precipitado sacando conclusiones. Intento calmarme y poco a poco mi respiración vuelve a ser normal. Ahora mismo necesito pensar, mañana veré qué hago. Vuelvo a estar en mi habitación, tumbada en la cama y todo me da vueltas. Qué mareo, aquí hace mucho calor. Corro a abrir las ventanas para ver si así entra algo de fresquito, y es aquí cuando le veo. Debajo de mi ventana, en el coche que hay justo enfrente está él, sentado en el capó y con la cabeza entre los brazos, igual que había estado yo cuando entré a casa dando un portazo. Si él se siente igual que yo me sentía, puede que no haya pasado nada en realidad, y me intento auto convencer de eso, de que soy muy paranoica a veces, de que me precipito sacando conclusiones. Y cogiendo todas mis fuerzas, intento un grito que al final se ahoga al decir su nombre, aunque es suficiente para que suba la cabeza y me vea. Los dos debemos tener un aspecto igual de asqueroso, porque nos reímos. Bueno, esbozamos una tímida sonrisilla. Él me hace un gesto para que baje y yo asiento. Creo que sí es hora de escuchar su versión, todo el mundo merece poder defenderse.

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